Canalblog Tous les blogs Top blogs Mode, Art & Design Tous les blogs Mode, Art & Design
Editer l'article Suivre ce blog Administration + Créer mon blog
MENU
José Luis Zumeta
Publicité
28 mars 2014

Españolez 3

El poder de Zumeta

José Luis Merino

El País, 22 de noviembre de 2004

 

D

E todos los artistas vascos, nadie como él está en condiciones de enfrentarse a un espacio con cerca de 500 metros cuadrados de pared. Hacemos referencia al pintor guipuzcoano José Luis Zumeta  (Usurbil, 1939), quien muestra medio centenar de sus últimas creaciones en el ámbito que fue hasta hace poco mercado municipal de Erandio.

El arrollador poder de Zumeta lo encontramos desplegado con idéntico ardor pasional ya sea en las pequeñas témperas, como en unos cuadros intermedios, hasta llegar a los cino grandes murales de seis metros de largo. Al imparable juego pespunteado de líneas de breve sutilidad, al lado de trazos fuertes como minotauros y una suma infinita de gestos más o menos sincopados, lo envuelve un entrecruzamiento de estallantes colores, de tal manera que el ámbito del antiguo mercado parece esar habitado por une fiesta permanente.

El arte de Zumeta es una pugna continua por no caer en el erros de realizar obras «bonitas». Por el contrario, busca que las obras, aun dándolas por terminadas, resulten apariencia un tanto inacabadas. Quizá con ello se fabrica un pretexto —un aliento de vida artística— para seguir trabajando en otros cuadros, en un continuo buscarse a sí mismo como creador.

Sabe el artista que con su actitud corre el riesgo de no ser comprendido como debiera. Me parece oportuno traer a colación un ejemplo de este sentido muy poco ejemplarizante. En este mismo momento, en el que Zumeta da prueba de unea acreditada madurez, en el Museo de Bellas Artes se hallan colgadas obras de varios artistas vascos de su generación. Mientras que algunos de ellos están presentes con tres de sus obras, en determinados casos, Zumeta está representado únicamente por un acrílico fechado en 1961, cuando el pintor de Usurbil tenía 22 años.

Resulta poco o nada ecuánime ni edificante esa desatención ninguneísta a un labor de más de 40 años de ininterrumpido creativo quehacer. Me atrevo a asegurar que si ahora mismo tomáramos uno de los cuadros que se muestran en Erandio —como por ejemplo el excelente mural de seis metros por tres metros—, y lo pusiéramos en las paredes del museo bilbaino, en términos de calidad artística ese mural iba a mandar al sótano a más de una obra de sus compañeros de generación  (incluyo a escultores). En ese mural vive una muestra variada y bellísima de grafías, un compendio armónico de tiernos, dulces, fuertes, hondos y graves colores, gestado con inventiva a raudales, compuesto todo con maestría sin igual. Es una obra que imanta y conmueve deleitosamente. Una obra redonda, jubilosa como un denso amanecer.

 

De los cuadros y los dias de Zumeta

Carlos Martinez Gorriarán

Zumeta 90-91-92

Gipuzkoako foru aldundia 

CUANDO el visitante de esta exposición de Zumeta decida convertirse en lector dedicándoles alguna atención a estas líneas, todavia tendra su memoria inundada por algunas de las mejores pinturas que le habrá sido dado ver en los últimos años. El visitante habrá recorrido una exposición que despliega ante sus ojos lo que puede dar de sí, en plena madurez, un pintor completamente entregado a su trabajo. Esta es una muestra ejemplar del modo en que un artista, tras largos años de incesante experimentación, consigue fundir inseparablemente los cuadros y los días, el vivir y el hacer arte, y esta fusión tiene — como vamos a ver a continuación— gran importancia estética en estas obras.

Espacio del dia tiempo de la pintura

Esta exposición consta de trabajos escogidos de los años 90 al 92. Muchos de los cuadros que aquí vemos están pintados alla prima es decir, en una sola sesión. No se trata de un alarde de una velocidad gratuita, ni de una mera ostentación de destreza y rapidez de ejecución —como aquellas obras de cierto famoso pintor "de acción" hechas en lo que duraba su histriónico viaje en paracaídas desde un avión hasta el suelo—. Cada uno de estos cuadros, resultado de una jornada y alma de esa jornada, es la substancia de un día —cuántos días estériles y desalmados han sido necesarios para llegar al dominio de esta facilidad aparente—, eso el algo que sólo sabe el pintor.

Cada cuadro es el espacio surgido de un día, y cada día es el tiempo vivido en cada cuadro; en esta intensa imbricación entre experiencia estética y vida cotidiana es donde Zumeta avanza aproximándose a lo mejor de su vida de artista. Esta exposición es, por tanto, un gran espacio estético, antes inexistente, creado por la fértil sucesión de los trabajos y los días de Zumeta. El arte tiene una característica distintiva que lo separa de otras actividades culturales: se trata de que, para significar algo estéticamente, es completamente necesario hacerlo. El arte, que no tiene metalenguaje —es decir, que no puede ser ni verificado ni contradicho por ningún sistema lógico—, es enteramente pragmático; el arte no es otra cosa que sus experiençias. Los proyectos, las esperanzas, las ideas, las teorias, las intenciones, no pueden de ningùn modo sustituir al hacer. Es inùtil explicar la sensibilidad o conceptuar la imaginación: hay que experimentarlas poniéndolas a tiro de los sentidos, y eso es lo que hacen —bien o mal— los artistas y sus obras. Y Zumeta es uno de los que saben hacerlo del modo más admirable, es decir, es un gran artista.

Una de las características esenciales de esta última obra de Zumeta es que ha sido hecha para recibirla y sentirla directamente. Su fuerza es consecuencia del modo en que ha sido hecha, pues si el arte es ante todo experiencia, hay sin duda multiples maneras de provocarla, y según sea el modo resultará una u otra clase de experiencia estética, de mayor y menor valor. En esta ocasión, Zumeta ha optado por una vía particularmente difícil. Estas obras son experimentales porque su fin es promover y poner en juego la imaginación y la sensibilidad sin recurrir a otros pretextos. Pues estos cuadros no nos remiten a un sistema de conceptos previos, sino que van directamente a los sentidos: son obras que, como asevera el dicho popular, "entran por los ojos". Este es, deliberadamente, un arte del presente, instantáneo (dirlamos que es pintura pura si no fuera porque nada hay —por suerte— menos puro que el arte).

De ahí la importancia de que cada cuadro sea resultado de una sola sesión de trabajo o, en los de formato más grande, del menor número posible de sesiones. Zumeta ha intentado que no haya arrepentimiento ni repintados, que cada trazo vaya a su sitio desde el comienzo —en su taller, Zumeta nos recordaba que "pintar es poner un color al lado del otro y unirlos sin torturarlos", frase que, aunque la atribuye a Rubens puede hacer suya con toda tranquilidad—. Este sistema impone una disciplina muy dificil, pero una vez dominada proporciona a los cuadros esa seductora frescura producida por la economía de artificios; todo lo que hay en estos cuadros, técnicas, procesos, propósitos, se muestran tal y como son.

Fijémonos por un momento en la técnica de Zumeta; su fin no es sino hacer visible, del modo mas directo posible, el poder de una sensibilidad armada de pintura y enfrentada a una tela blanca, sin bocetos ni planes previos. Son cuadros al óleo, material que registra como ningún otro, como congelándolos, los actos del pintor. Están hechos con manchas densas y ligeras, pinceladas rápidas, grafismos caligráficos, superficies frotadas e inundadas por la pintura que chorrea, transparencias y superposiciones, etc. Topografía de un imaginario muy rico, cada uno de estos cuadros es, sobre todo, el registro fiel, sismográfico y barométrico, del tiempo vivido en ese cuadro.

Pero cada uno de estos cuadros es también el resultado del saber acumulado en años de práctica. Aquí está el color, brillando o apagándose en todas sus posibilidades —fruto también de años de exigente pintura colorista—: colores entonados, contrastados, estridentes, apagados, directos, evocadores, insinuantes; colores usados por sus cualidades espaciales, o puestos ahí por su timbre; colores corpóreos y volatiles, terrosos y saturados. Observad que claridad ha conseguido Zumeta en ese denso tejido de manchas y trazos de colores donde cada uno se inserta en sus vecinos sin interferir ni diluirse en ellos. Del mismo modo en que cada cuadro es particular retiene su propia personalidad en el conjunto, así cada elemento pictórico se distingue de los otros para tramar con ellos la totalidad de un cuadro convertido en mosaico de elementos y momentos.

Y donde más se sintetizan las hectáreas de pinturas producidas en años de práctica, donde realmente Zumeta llega a la maestria de pintor —y donde esta exposición se convierte en una lección para cualquiera—, es en su modo de usar brochas y pinceles. Normalmente, la pintura se aplica así o asá para lograr este o aquel efecto. Pero aquí trazos, líneas, rayados, garabatos, manchas, borrones, chorreos, texturas, transparencias, todas estas cosas tienen un valor preciso en el cuadro porque no pretenden ser sino lo que son. Así ha logrado Zumeta sintetizar significado y acción: todos los gestos construyen significado, todo lo significativo está en el cuadro. No hay alegorías, ni encadenados de citas y conceptos; solo pintura directa y libre.

En que consiste la personalidad de un cuadro?

Hoy en día, tras cien años de experimentos artísticos de vanguardia, es casí imposible hacer una obra original entendiendo por tal algo completamente nuevo y sorprendente. Pero, en cambio, sigue siendo posible hacer obras personales como éstas de Zumeta.

La fuerza que trasmiten proviene, sin duda, de su personalidad. ¿Pero qué queremos decir al trasferir a unas pinturas el atributo humano de la personalidad? En el caso de estos cuadros, que desbordan nuestra capacidad ordinaria de aprehensión; indicamos así la dificultad existente para etiquetarlos y clasificarlos. No podemos decir casí nada de ellos recurriendo a descripciones globales: nos están exigiendo un tratamiento individualizado, propio y personal, porque cada uno de estos cuadros es hijo de un tiempo y un espacio irrepetibles (los cuadros se pueden imitar o plagiar, pero no copiar). Nuestro tosco mapa mental, con sus simples coordenadas, no consigue dar cuenta su rica topografía.

Aprovechemos esta lección zumetiana de pintura para indagar en esta importante cuestión. El valor de este tipo de obras, en las que el tema es tanto la propia obra como nuestra relación con ella —eso que perezosamente liamamos "arte abstracto"—, depende por entero de su capacidad para suscitar experiencias estéticas... tales como la de encontrarle personalidad a una tela cubierta de pintura. Pero, para que esto ocurra, es requisito imprescindible que exista un receptor sensible —en fin, sólo el arte es capaz de romper el círculo recurrente en que tiende a encerrarlo la teoria estética—. Porque cuando hablamos de la personalidad de una obra de arte, no estamos sino tratando de nuestra propia sensibilidad y capacidad de recepción. El valor de muchas obras depende de que alguna vez se encuentren con un intérprete capaz de percibir su personal brillo entre la muchedumbre de obras apagadas.

El arte es, en general, cosa de tres: un autor, una obra y un intérprete. La personalidad de la obra descolla entre el ruidoso tráfico de ideas y sensaciones, viejas y nuevas, en que consiste la recepción e interpretación estéticas. Porque la buena obra de arte es para el intérprete un otro al que debe atribuir una identidad; en ese proceso el intérprete ilumina ésto y vela aquello. Su atribución surge tanto de su criterio y experiencia como de las cualidades intrinsecas de la obra. Son las cualidades artísticas presentes en la obra —y también las ausentes— las que orientan la percepción e interpretación estéticas. Pues aunque la obra de arte es abierta según propuso Eco, ni es infinita ni admite cualquier interpretación; en fin, tampoco admite cualquier intérprete; algunas obras de arte, tal vez éstas de Zumeta, hay que ilegar a merecérselas, tanto como él ha llegado a pintarlas. De esa pugna entre la obra y el intérprete surge chispeante eso que hemos dado en llamar la personalidad de las obras, su capacidad de sorprender y seducir.

Cuanto más otra —menos familiar, más inesperada— nos parezca una obra de arte, cuanto más nos zarandee y se escape de nuestra capacidad de abstraerla, más personal resulta; las buenas obras dan pistas, pero escapan fácilmente de una interpretación que, inevitablemente, siempre resulta reductora. Como la zarza bíblica, las buenas obras de arte arden y dan luz sin consumirse. A esta relación ambivalente entre obra y receptor la llamaban los románticos el "misterio" o lo "indecible" del arte. También está presente, y mucho, en estos cuadros de Zumeta. Y no por casualidad, sino porque son producto de un modo de hacer que, en vez de apagar la imaginación y la sensibilidad del intérprete, las ponen en marcha. Obras de acusada personalidad que suscitan en nosotros esa deliciosa perplejidad de saber que nos hallamos ante algo cuya riqueza nunca podremos agotar, ni abarcar de una sola mirada, ni definir con muchas frases.

Zumeta ha producido muchas veces una pintura intensamente narrativa, como los magnificos Papiroak de los años 84 y 85. Las de esta exposición, sin embargo, son obras nada narrativas. El mismo nos explicaba en su taller que estaba rehuyendo las formas que casualmente recordaran figuras o evocaran objetos identificables. ¿Se trata, sin más, de un cambio de orientación, o este esquivar el relato es algo más profundo? Desde luego, no ha sido un acto gratuito, sino lleno de sentido, que busca depurar estas pinturas de la intromisión no solicitada de cosas y situaciones ajenas al acto mismo de pintar. Ahora se trata de suspender el relato pictórico para mostrar solamente el momento y el lugar propio de cada cuadro.

Esta estrategia es perfecta para cerrar la síntesis entre la significación de estas obras y el modo de pintarlas; eliminando la narración —tan importante en otras obras de Zumeta— desaparece la dualidad entre el cómo y el para qué de cada cuadro. Renunciando a lo anecdótico, el pintor eleva la arriesgada apuesta que está jugando: conseguir una pintura directa en toda la extensión del concepto. Estos cuadros ya no pretenden contar una historia representándola por medio de imágenes; su única historia es la de su gestación y nacimiento en un hermoso día de trabajo. Son ellos mismos, son momentos de la vida. 

 

Viajes de Zumeta entre el Atlas y Aralar

Carlos Martinez Gorriarán

Bilbao Bizkaia Kutxa

Bilbao 1994 

E

L Atlas y Aralar son los centros telúricos de sendas porciones del mundo; aquí son, también, los dos extremos del itinerario que recorre la última obra de Zumeta. Se trata esta vez de una colección de dibujos realizados con colores a la témpera y tinta sobre papel. Pueden distinguirse en ella dos familias distintas y emparentadas: una, a base de amplios trazos de tinta negra sobre papel blanco, dibujados con el paisaje de Aralar delante y posteriormente coloreados en el estudio, resultando un rico efecto de vidriera; otra más pictórica, y en cierto modo más «marroquí», a base de esas manchas de color opaco aterciopelado que da la témpera, incluyendo motivos rítmicos seriados que recuerdan sistemas ornamentales magrebíes, y añadiendo imágenes halladas en el Atlas, como un edificio tradicional pintado con vivos colores del que Zumeta nos habló al enseñarnos la primera vez estos trabajos. Todos estos elementos van ajustados, con mucha libertad, sobre una trama de fondo más o menos geométrica, a veces poco evidente, pero que, como si fuera la trama de una alfombra muy gastada o la retícula desvaída de un mapa borroso, el observador puede distinguir, sosteniéndolos, bajo el color y los trazos. Un colorido y un dibujo que, como de costumbre, ostenta esa libertad de ejecución y esa luminosidad tan clásicas y típicas de Zumeta.

Los amplios y vivos trazos negros de algunos dibujos y la geometría fluida de los otros funcionan de varios modos complementarios. Como ejercicios de dibujo con su propio interés expresivo, y también, gracias a sus cualidades plásticas, como red que aprehende y atrapa sobre el papel el conjunto móvil de escenas, colores, rasgos e imágenes tililantes que conforman este viaje iconográfico entre el Atlas y Aralar.

Antiguamente, antes de que se difundiera la fotografía, los cuadernos de viaje servían para que el viajero guardara memoria gráfica de los lugares visitados; eventualmente, para asombrar a parientes y colegas con las maravillas recorridas. Los viajeros pudientes llevaban consigo un grabador o dibujante profesional que les hiciera un cuaderno de viaje de categoría. El propio Napoleón se llevó consigo a Egipto una tropa de dibujantes que redescubrieron y reinventaron, para la Europa ilustrada y romántica ansiosa de asombrarse descubriendo las profundidades del tiempo y el espacio, los fastuosos restos del antiguo Nilo. Hoy podemos comparar aquellos grabados y dibujos con las imágenes frias y neutras que produce la fotografía más convencional, y sabemos hasta qué punto los antiguos viajes paleoturísticos consistían, ante todo, en una recoleccion de imágenes fantásticas que recreaban, mediante el arte, aquello que la visión creativa sabla encontrar entre las cosas que la naturaleza y la historia ofrecian al viajero.

El verdadero viaje era ese relato, literario o en imágenes, que justificaba los desplazamientos físicos siempre azaroso e incómodo; cada dibujo o grabado era un pasaje válido para viajar por un universo de paisajes desconocidos.

Hoy en día, el turismo masivo, armado de la fotografía instantánea y el video doméstico, deseoso de encontrar fuera de casa exactamente aquello que prometen los folletos de la agencia, han relegado al olvido aquella manera de viajar. El viajero imaginario se ha refugiado en el arte, y de ello dan fe estos dibujos de Zumeta. Su tema es el viaje de la sensibilidad —es decir, estético—, materializado en raras imágenes que no quieren reproducir las tópicas vistas turísticas del lugar, sino las sensaciones, emociones, ideas y recuerdos que tales lugares e itinerarios provocan en el ánimo del viajero. Con los viajes corrientes sucede como con la lucha por el cumplimiento de los deseos, causa de las dos mayores desgracias de la vida humana: desear algo sin conseguirlo, y conseguirlo matando el deseo. Lo mismo ocurre cuando se viaja mecánicamente, sin imaginación, pero en cambio el viaje estético —eso que nuestros ancestros ilustrados llamaban un viaje sentimental— tiene la ventaja de ser inagotable y de renovarse constantemente en su recreación, mucho mas creativa que la simple mirada.

Así, este paisaje imaginario extendido entre las montañas marroquies del Atlas y las domésticas de Aralar que nos ofrece Zumeta, no es sino ese inagotable viaje interior hecho surgir por el arte del viaje físico por esos elevados rincones del mundo vasco y bereber. El arte es un proceso productivo notablemente parecido al viajar; los mejores viajes y las mejores obras de arte salen cuando es la sensibilidad entrenada la que manda en el movimiento. Para que haya viaje debe haber viajeros, y para que haya paisajes, también. Un experto diseñador de jardines, Cheng Gongzhou, escribió a este respecto lo siguiente: «Un paisaje cobra vida cuando se inspira en sentimientos, los cuales tienen su origen en los seres humanos (...) sin gente no habría sentimientos, y sin éstos, no habria paisaje.» Desde una estética de la recepción lo habríamos podido decir de otro modo, tal vez mas exacto pero menos intuitivo, y por tanto más pobre estéticamente: sin receptor que lo contemple y le dé significado, especialmente sin un artista (el paisaje «natural» es ante todo un producto cultural del arte), un trozo de naturaleza es un ecosistema, pero no un paisaje. El paisaje es un acontecimiento estético: cuando un árbol cae en el bosque produce ondas sonoras, pero si nadie escucha su caída no se ha producido ningùn ruido. El lugar estéticamente mas real es el lugar imaginado. El valor cognitivo del arte radica en que es capaz de poner significado, y por tanto otro modo de conocimiento —como hacen estas obras de Zumeta— allí donde antes sólo había grandes arrugas sobre la corteza insensible de la tierra.

Por sus virtudes narrativas, estos dibujos recuerdan a los célebres «Papiroak» que Zumeta hizo entre 1984-85. Coincidencia que no es casual, sino derivada de la propia lógica narrativa compartida por ambos trabajos. Si los «Papiroak» recreaban en témpera sobre carton ondulado el universo de sucesos, lugares y anécdotas vinculadas al recorrido cotidiano del artista, en estos dibujos el Atlas y Aralar se convierten en espacios y momentos igualmente intimos y, sin embargo, emotivos para todos.

Publicité
Commentaires
José Luis Zumeta
Publicité
Archives
Publicité
Publicité