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José Luis Zumeta
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27 mars 2014

Españolez 4

Sobre Zumeta

Carlos Martínez Gorriarán

Galería Altxerri

Marzo-abril 1995

E

 

 N 1959, José Luis Zumeta coincidió en París con Rafa Balerdi. Los dos fuero allí para conocer sobre el terreno el arte que se hacía por el mundo, pues par aquel entonces la información sobre arte actual disponible en el País Vasco era prácticamente nula. En París coincidieron con otros artistas vascos noveles, descubriendo con indescriptible emoción el arte abstracto y las variedades del expresionismo, el mundo de Tàpies, Appel, Stäel, Pollock, De Kooning, Chagall o Picasso, donde se sumergieron sin reservas.

Armadas con su nuevo bagaje estético, Zumeta, Balerdi, Bonifacio Abonso y Mendiburu celebraron en 1960 una exposición conjunta en San Sebastián. La mayor parte de las obras que presentaban eran todavía, como es natural, inmaduras y titubeantes, pero introdujeron en este país la pintura cantemporánea, desconocida fuera de un reducido círculo de iniciados. Los visitantes de la muestra se toparon sin previo aviso con una generación radicalmente nueva de pintores, excepcionales por la calidad estética de su obra y éticamente admirables por su correosa resistencia a la animadversión de la mayoría conservadora. Resultaron especialmente escandalosos una serie de cuadros verticales parecidos a simples mantas donde un taI Zumeta había pintado, una encima de otra, bandas horizontales de colores. Eran algunas de las primeras pinturas no imitativas praducidas par un pintor vasco, obras donde el tema es la propia pintura, eI asombro y la infinita seducción que provocan el color y las formas mas elementales.

Las obras zumetianas de los años sesenta insistieron en esta forma de pintar radicalmente novedosa para el país: formas orgánicas que parecen flotar en el seno de un espacio infinito, colores vibrantes y saturados, matices delicados y contrastes insólitos, huellas del proceso de pintar. Hacia 1967-68 esta pintura informalista, habitada par manchas moduladas de color que parecen contar historias sólo autorizadas para los oídos de otras manchas, dejó paso a una serie de relieves de madera pintados con una osadía cromática sin precedentes en la mojigata pintura vasca tradicional. Pero este tipo de objeto escultórico tampoco encajaba en los dogmas de lo que ya se aceptaba y entendía, tras la publicación de los textos de Oteiza, como el estilo vasco de escultura, sobrio, totémico, solemne, formalista y austero.

No acabaron ahí las audacias de Zumeta. Recogió del río Oria una gran masa informe de goma negra procedente de viejos neumáticos, y la pintó de franjas rojas, verdes y blancas, amarillas, y de otros colores vivos y restallantes. Había transformado ese aparatoso desecho contaminante en una escultura. La obra rompía —por pura despreocupación y antidogmatismo— con los dogmas de la «Escuela Vasca». Incomprendida fuera del circulo del artista —si bien Chillida y Mendiburu admirarón mucho esta obra—, termino sus días en humo, quemada par un pirómano desazonado.

No obstante, Zumeta fue uno de los fundadores del grupo «Gaur», y uno de los protagonistas conspicuos de la vanguardia vasca. En sus obras heterodoxas no había afán alguno de provocacion, sino puro ejercicio de libertad creadora, esto es, arte genuino. Si Zumeta hubiera dado rienda suelta a su indudable talento escultórico, su colorismo y vitalidad habrían aportado un aire fresco necesario a la escultura vasca. Más conocidos son los grandes relieves cerámicos realizados entre 1974 y 1976 (instalados en Usurbil, Pasajes Ancho y Zarauz), que muestran el espléndido juego, a la vez monumental y lleno de humor y vitalidad, que este tipo de trabajos dan al paisaje urbana. El mural de Usurbil, obra admirable de 145 m2, debia haber estimulado la fundación en Usurbil de una escuela moderna de cerámica, razonable proyecto que duerme el sueño de los justos gracias a ese opiáceo que es la irracionalidad administrativa.

Hacia 1976-77 la pintura colorista de Zumeta cambió por completo, entrando en la serie Grises, fase de crisálida de su ulterior y espectacular metamorfósis. Las Grises resultaban de velar con medios turbios las formas coloristas habituales. Con este velamiento general, similar a un telón que se extiende para ocultar el escenario que debe ser preparado para el acta siguiente, Zumeta imprimió un giro rotundo a su pintura a finales de 1978, momento en que inicia una brillante serie de cuadros que participan de la estética pop-art u des expresionismo mas caricaturesco y mordaz.

Estas obras ofrecen una revision irónica de la propia estética vasquista, visible en Usurbil (1978) o en Abuelos y nietos en la costa, del mismo año. Aunque abandono relativamente rápido estas postales irónicas, Zumeta descubrió en ellas las virtudes de la narratividad que le permite al artista contar historias sumergiéndose en la gozosa acción de pintar como si se contara un cuento. Muchos trabajos de entonces conectan estupendamente con el espíritu retrospectivo e irónico del neoexpresionismo posmoderno, de moda desde el descubrimiento de las jóvenes salvajes alemanes en la Westkunts celebrada en Colonia a principios de los ochenta. Pero si Baselitz, lmmendorff y Kiefer, o los transvanguardistas Chis, Clemente o Cucchi, etc. han podido beneficiarse de las potentes redes de lanzamiento internacional existentes en estos países, como la Dokumenta de Kassel o la Bienale de Venecia, los artistas vascos que, como el propio Zumeta, habían Ilegado por sus propios medios al núcleo mismo de los problemas estéticos contemporáneos, han quedado relegados a las dudosas delicias de la fama doméstica.

Contra viento y marea, Zumeta se internó en 1984 en una sorprendente serie de pinturas a la témpera sobre carton ondulado, las Papiroak. El título (Papiros) alude a la contextura de estas extraordinarias pinturas. Todas ellas, en efecto, cuentan alguna historia e incitan a imaginarla: Paseo cotidiano del hombre con paraguas, La egipcia se escapó con el pájaro o Iba yo a buscar el pan. Los Papiroak son de lo mejor que ha producido el arte vasco del siglo XX. Debido a las exigencias de su estilo, los Papiroak no podían prolongarse en regodeo manierista alguno sin perder sentido, y después de 1985 dejaron paso a nuevos empeños pictóricos. La técnica de pintar controlando el descontrol y abandonándose a la imprevisto aparece en  sus cotas mas altas en una gran serie de óleos alla prima (hechos en una sala sesión) de 1992.

Zumeta es hoy un clasico. Su secreto está resumido en esta declaración suya de 1979: «EI compromiso es con uno mismo, si no se es fiel con uno mismo no se puede ser con nadie».

 

Zumeta, elogio y fidelidad a la pintura
Carlos Martinez Gorriarán

Zumeta 98-99-00

Mercado de San Martin

San Sebastian, 2000

 

CUANDO la gente acudió a las primeras exposiciones vanguardistas presentadas en San Sebastian después de la guerra, a comienzos de la década de los sesenta, resultaron especialmente escandalosos una serie de pinturas verticales donde un tal Zumeta habia pintado, una encima de otra, bandas de color superpuestas sin intención ni tema visible. Eran algunas de las primeras pinturas no representativas expuestas en casa por un pintor vasco, obras donde el tema era la propia pintura, el asombro por la infinita seducción del color y de las formas imprevisibles surgidas en la acción de pintar —eso que la perezosa historia del arte llama arte abstracto—, viaje emprendido por el pintor y el receptor entre el mundo exterior de la experiencia y el ámbito íntimo de la imaginación.

José Luis Zumeta, nacido en Usurbil, Guipuzcoa, en 1939, ha seguido fiel a esa primera emoción del color y la accion a través de las diversas etapas de su trabajo. Es uno de esos pintores elementales que, màs allà y más acá de los juegos de lenguaje y metalenguaje que han seducido a otros coetáneos, resultan imprescindibles porque no saben hacer otra cosa que pintar para sorprenderse y sorprendemos con ese desafio pictórico constantemente renovado, siempre el mismo y siempre distinto. Es una de esas obras que constituye un elogio incesante y magnífico del juego de la pintura. Cualquier persona con alguna educacion artística entenderá la obra de Zumeta porque es una obra transparente, y sin duda alguna disfrutará si sule disfrutar con la pintura.

Por otra parte, Zumeta es uno de los artistas mas emblemáticos de la veloz y peculiar evolución experimentada por el arte moderno en el País Vasco tras la posguerra, resultado del encuentro entre las ultimas vanguardias del arte internacional y de la urgente necesidad de romper con el aislamiento impuesto por el franquismo y el conservadurismo local. Por eso Zumeta es también uno de los pocos artistas que tienen la fortuna y el inconveniente de representar una historia y un proceso general pese a ser su obra tan personalmente biográfica.

Miembro de la misma generación y del grupo de Rafael Ruiz Balerdi, Amable Arias, Bonifacio Alfonso y Carmelo Ortiz de Elguea, Zumeta trajo consigo y difundió las posibilidades poéticas del expresionismo y la abstracción que descubre en su viaje a Paris de 1959, donde se sumergió con indescriptible emoción en el mundo desconocido y embriagador de Cobra, Appel, Stäel, Pollock, De Kooning, Chagall y Picasso. Los colores puros, vibrantes, abstractos y gestuales de Zumeta irrumpieron como una explosión inesperada de vida en el panorama taciturno, gris y mediocre de la época. Los espectadores se toparon sin previo aviso con una generación de pintores excepcional por su calidad estética y éticamente admirables por su correosa resistencia frente a al animadversión de la autoridad y la indiferencia de la mayoría. Las formas orgánicas que parecen flotar en el seno de un espacio infinito, colores vibrantes y saturados, gestuales, dejan lugar hacia 1967-68 a una pintura de color más modulado, pronto sustituida por relieves de madera y metal pintados de osado cromatismo, un tipo de objeto escultórico que tampoco encajaba en los dogmas de lo que se aceptaba y entendía dogmáticamente como estilo vasco de escultura, sobrio, solemne, orgánico o formalista pero austero, con el que habitualmente se ha identificado el vanguardismo vasco de entonces.

Zumeta fue uno de los fundadores del grupo “Gaur”, y un habitual del vanguardismo vasco. Pero el antidogmatismo de sus obras heterodoxas ofrece uno de los ejercicios de libertad creadora más puros de la época en el Pais Vasco, donde el peso de los prejuicios ideológicos siempre ha sido excesivo. En esa línea libre realiza grandes relieves cerámicos entre 1974 y 1976 (Usurbil, Pasajes Ancho y Zarauz), con un hermoso juego de monumento, humor y vitalidad. Hacia 1976-77 su pintura cambió por completo entrando en los velos de "Grises", crisálida de una espectacular metamorfosis, pues tras este paréntesis inicia una época de pop-art y mordaz expresionismo sociopolítico que revisa ácidamente la estética vasquista y la imaginería de una clase media que en realidad da la espalda al arte. Aunque abandonó relativamente rápido esas ironías, Zumeta descubrió en ellas las virtudes de pintar como contando un cuento. Muchos trabajos de entre 1979 y 1983 conectaron enteramente con el espíritu retrospectivo e irónico del neoexpresionismo posmoderno (de moda desde el  “descubrimiento” de los jóvenes salvajes en el Westkunts de Colonia). Aunque Zumeta no se benefició como cabria esperar de la fama de una sensibilidad tan próxima a la suya, perseveró en sus juegos. En 1984 produjo una sorprendente série de témperas sobre carton industrial ondulado, los Papiroak, cuyo titulo (“los Papiros”) alude a la contextura narrativa de estas extraordinarias pinturas, de lo mejor que ha producido un pintor vasco en el siglo XX y una cumbre poco conocida del neoexpresionismo.

Su estillo de pintar controlando el descontrol y abandonándose a lo imprevisto culmina en las obras alla prima de 1992. Zumeta es hoy un clásico gracias a une coherencia cuyo secreto resume esta declaración suya de 1979: "El compromiso es con uno mismo, si no se es fiel con uno mismo no se puede ser con nadie".

 

Zumeta: la organización del azar

Carlos Catalán

Catálogo de exposición en la Sala Garcia Castañón

del 9 de mayo al 2 de junio de 1996

Caja de Ahorros municipal de Pamplona


Hay algo ridículo y miserable en el mito que heredamos del arte  
abstracto. Eso de que la pintura es autónoma, pura y un fin en sí  
misma, por lo que definimos habitualmente sus ingredientes como si  
fueran sus limites. Pero la pintura es “impura”. Es el control de las  
impurezas el que impulsa la continuidad de la pintura.

Somos creadores y explotadores de imagenes.
Philip Guston
 

TRAS la crisis consiguiente a la Segunda Guerra Mundial, valores considerados esenciales en el acto, artístico quedaron arrinconados. Los artistas superaron —quizás los primeros— la epidemia de pesimismo que dominaba el mundo e impusieron una forma de expresión libre y subjetiva. El arte se convirtió, ante todo, en un método de autorrealización. Los bárbaros del Norte, deciséis siglos más tarde, destruyeron la Roma de la alta cultura; una cultura, por cierto, necesitada de renovación. Como consecuencia de la rebelión antiparisiense de Cobra se proclamó que la mente ejerce una autoridad represiva en el subconsciente y, si se afloja su freno, las fuentes del sentimiento vuelven a fluir claras nuevamente. El «arte bruto» y las grandes exposiciones de «outsider art» celebradas en 1950 habían supuesto una inspiración, una glosolalia alzada por encima de los lenguajes establecidos. El consabido debate entre abstracción y figuración dejó de ser el eje de las preocupaciones estéticas. Cada artista elegiría la sustancia de sus materias primas por encima de la tiranía de los nuevos académicos encabezados por el crítico Greenberg y su noción teleológica de la pureza hasta en la trasgresión.

A principios de los sesenta, Balerdi, Bonifacio y, sobre todo, Zumeta, fueron el revulsivo que cambió la esclerotizada pintura guipuzcoana.

José Luis Zumeta presenta unas características personales y artísticas que le convierten, a mi juicio, en el máximo exponente del neoexpresionismo vasco. Cofundador del grupo Gaur, irónico y tímido, iconoclasta y provocador, conectó desde los primeros setenta con las preocupaciones de Appel, Götz, Jorn, Baselitz, Kieter y Finster. Con ellos, buscó el camino hacia la eficacia expresiva a costa de un vaciamiento personal, oscilando entre la abstracción y la representación narrativa, el cromatismo intenso y la austeridad de la grisalla.

Zumeta no exponía en Pamplona desde 1984. La serie de pinturas que acaba de colgar son el resultado de un proceso de depuración determinado por la libertad y el rigor; rigor que no se define por los límites sino por su capacidad de expansión sin extravio ni desbordamiento. Son cuadros alejados de toda retórica, en los cuales el toque de color, la riqueza matérica, el fresco desplazamiento de las masas y una buena dosis de lirismo revelan el riquísimo bagaje de sensaciones que parecen provocar en Zumeta una suerte de exacerbación sensible.

Su pintura es vehemente y de una gran teatralización. En sus creaciones la pintura es el personaje que, además, asume con desenvoltura numerosos papeles. No declama, ni interpreta ni remeda. Se diría que construye un testimonio de existencia, de ser en sí misma. Hasta el punto que la atenta observación nos Ileva a olvidar los datos, las sugerencias y a encandilarnos con el estricto efecto de la pasta sobre la tela. Las texturas dinamizan el plano, acogen la luminosidad exterior y senalan el paso intermedio entre la presencia de sus iconos familiares y la fluída expansión del gesto hecho materia.

Estas obras que nos ha traido Zumeta son enunciados visuales fuertes, que interpelan estéticamente e implican al observador. El, como De Kooning y Kline, otorga a la energía una presencia visible y física. La pincelada sinuosa, la tension de opuestos, los trazos filiformes, la cremosidad de la materia aplicada con fruición van creando unas formas orgánicas que no son puro mimetismo de la realidad sino expresión de un mundo personal. Con esa arcilla humana, con ese fango alquímico modela el artista las criaturas de su fantasía, unos golem impregnados de su espíritu. Luego, la vision subjetiva del espectador puede sacar asociaciones —como observando nubes— que le tranquilicen, pero jamás descifrarán unas claves que ni el yo consciente del artista sería capaz de lograrlo.

Estas pinturas espléndidas de Zumeta, ejecutadas «alla prima», tienden a establecer una llamada cuya dirección no es la sensibilidad lisa y llana del espectador (que puede disponer de un repertorio más o menos amplio de emociones) sino la capacidad estética que, necesariamente apoyada en un sistema de ideas, resulta capaz de emitir juicio.

El carácter extensivo de la madeja de formas no llega a desbordar los límites fisicos del cuadro, pero los presionan. La carga emotiva subyacente se ve controlada por una poderosa estructura constructiva. La paleta, abigarrada pero con sabio equilibrio entre fondo y forma, vacios y ocupaciones, presentación e irrupción, cumple un papel fundamental en estos autorretratos psicológicos. El azar, viejo complice del pintor, se ve así sometido a una manipulación creativa que convierte al final sus sugerencias en irreconocibles.

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