Españolez 5
Zumeta se inspira en el Globo Rojo
Kepa Oliden
Diario Vasco, 1-05-2010
Expone 38 serigrafías inspiradas en la revista del centro psiquiátrico. El Hospital San Juan de Dios editó Globo Rojo entre 1982 y 2005 con las colaboraciones de pacientes y personal.
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A desaparecida revista Globo Rojo, editada entre en 1982 y 2005 con las colaboraciones de los internos y profesionales del psiquiátrico San Juan de Dios, ha inspirado la colección de 38 serigrafías que José Luis Zumeta inauguró ayer en los claustros de Kulturate. El prestigioso pintor usurbildarra, que en su juventud compartió militancia en el mítico grupo Gaur con artistas de la talla de Chillida y Oteiza, ha plasmado en su expresionismo abstracto (o abstracción poética) un total 38 extractos literarios procedentes de aquella legendaria publicación.
Desinstitucionalización
Globo Rojo nació en 1982 como parte de la terapia desinstitucionalizadora aplicada por el psiquiátrico a sus pacientes. Tras haber editado 24 números, ha pasado a la posteridad como un emblema de la vanguardia surrealista.
Zumeta conoció la revista en los primeros 80 de la mano de sus amigos y colegas arrasatearras Arregi y Goikolea. Pero hasta hace 3 o 4 años no comenzó a plasmar en su obra plástica la inspiración proporcionada por la poesía y las formas poéticas contenidas en aquellos textos. Fue su hija Usoa quien le impulsó a emprender la obra que ha dado lugar a las 38 serigrafías contenidas en el libro 'Oi! Bihotz! Ay! Corazón! Oh! Heart!'. El volumen, de gran formato, ha visto la luz en una edición limitada de 150 ejemplares numerados y firmados por el autor e impresos en serigrafía por Usoa Zumeta, que ha empleado para ellos papel hecho a mano.
Algunos de estos ejemplares numerados se hallan a la venta en la exposición que desde ayer y hasta el 30 de mayo permanece en los claustros de Kulturate. Una versión reducida y más económica de este volumen se puede adquirir por 15 euros. La muestra que rodea los claustros está compuesta por las 38 serigrafías que conforman el libro 'Oi! Bihotz! Ay! Corazón! Oh! Heart!'. El propio autor inauguró ayer la exposición acompañado por la alcaldesa Ino Galparsoro y por el psiquíatra Oscar Martínez, uno de los promotores de Globo Rojo. También acudió la asistente social de San Juan de Dios Cristina Padilla por ser la última responsable de la publicación hasta su desaparición.
La alcaldesa Galparsoro destacó el honor que supone contar con la presencia de Zumeta en Arrasate, más aún con una exposición que tiene relación directa con la localidad. Zumeta, por su parte, convino en que «éste es el lugar idóneo para exponerla». La exposición, sin embargó, se inauguró en julio del año pasado en el Museo de Bellas Artes de Bilbao. Antes de su llegada a la villa cerrajera, la muestra se presentó también en la Feria internacional de Arte Gráfico de Madrid.
Pintar sobre el propio aliento,comenta José Luis Zumeta en voz tenue que pronto cumplirá 70 abriles. Nadie lo diría y además eso no es nada en plena era filosofal. Del cofre donde guardo mis papeles del entorno otéicico, blocs, imágenes, catálogos, galeradas sin corregir, surge un escrito que data de su transición decisiva, 1985. Se le ve, en la foto de aquel ayer, entre rollos de papiros de embalaje como soporte alternativo. Luce más joven que en estas otras; pero no tan juvenil.
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En los días de la dubitación, los tardosetentas con un Franco grotesco y tan parkinsoniano que los nodos tenían mucho de cine de los Lumière, José Luis instala un inmenso mural de cerámica en su tierra natal, Usurbil. Es un impacto, un estallido de pelotazos que rompen en centelleos el frontón. Le llevó un tiempo manual, otro conceptual, además de los trámites para convencer a ciertas mentes monocarriles: fue de 1973 a 1974.
A partir de entonces la pintura sin acequias de Zumeta se aproxima (sin intención de seguir maestrazgo alguno) a la idea de la jamsession de un Oteiza —alias Oteitza— que transformado en estratega observa la línea de fuego con el catalejo al revés. Habré escrito muchas veces acerca de Zumeta y sus mudanzas de estilo, que no de esencia. Las he atribuido a sus estados de ánimo, lo cual no significa descubrir la pólvora. No quiero decir con esto —por favor, huyan de la obsesión clínica a que nos obligan ciertos masmedia— que la expo de éste nuestro esteta en San Telmo, tan sulfúrica, brotara de la aversión al spot y a los telediarios risueños como lavado de cráneo por dentro. Ni que el arte plástico sea una terapia. Zumeta es algo garduño, muy rural y jamás se ha dedicado a buscarse a sí mismo porque intuye que el sí-mismo es lo único que jamás podemos perder: lo llevamos puesto. Eso sí, vamos mutando las células y sus lienzos y estructuras no son ajenos al fenómeno. Todo trabajo, aunque lo insinúen como recibir un salario por hacer lo que a uno le gusta, obliga a un esfuerzo y un tejemaneje muchas veces inaguantable. En ocasiones resulta que es lo único que un sujeto determinado sabe hacer para sacarse los garbanzos. La travesía laboral de las bellas o feas artes conlleva un mareo, una angustia. Más aún, lo trascendental aquí es regresar a lo que se produjo hace años. Tampoco es que el tiempo también pinte, otra sinsorgada: quien pinta es, desde la distanciación, el ojo de quien creó los cuadros. Sólo con ese transcurso de las témporas se satisface. Bueno, se alivia. Parcialmente. Zumeta ha preferido dar paso a escritores para que expliquen, es un decir, sus inefables labores. Es incapaz de discursar en vacío, de toda cultilatiniparla, no se distrae en descripciones cartesianas de sus procesos creativos. Vlaminck, por ejemplo, el fauve radical, lanzó la frase cabreada de que "la peinture c'est comme la cuisine, ça ne s'explique pas, ça se goûte" ante la eterna y fastidiosa pregunta de qué-has-querido-decir-con-esto. Pero aunque su dicterio es un feliz hallazgo retórico, y dado que el espectador se negaba a catar su obra, tuvo que obligarse a escribir acerca de ella cuaderno tras cuaderno. Teoría después de la práctica. Muchos, como Vlaminck, han sacrificado tiempo de creación a esas labores de apologética. Zumeta, no. En ese catálogo para el Museo Municipal de San Telmo, 31 de julio de 1985, que se me ha deslizado entre los dedos al hurgar otras reliquias del baúl, el 'lehen feredikia' o proemio corre a cargo de Bernardo Atxaga. El epílogo me correspondió a mí.
Escribí entonces: "La nueva etapa de Zumeta es un viaje al plano, a los planos, con otra índole de armamentos; un safari con bala letárgica; un alegato contra la placidez, siempre: un cuadro debe desasosegar; Zumeta se ha colgado de la muralla y se entretiene en el vértigo porque la cumbre en sí no es un fin, lo es el trayecto; lo cual no significa que no nos anticipe un trailer polifónico de lo que va a ser el grito sin oxígeno una vez franqueado el repecho y mientras se consulta el mapa en busca de paisajes y eminencias más dilatados. Estoy seguro de que Zumeta me llamó para que escribiera estas líneas acerca de su sustancia exteriorizada —sus cuadros no terminan en el cuadro— porque sabe que lo suyo me gusta, me mola y sabe que yo sé que él lo sabe. El misterio está, fuera de todo apasionamiento, en que Zumeta me mostró anteriormente— y de forma involuntaria, como siempre suceden estas cosas— en qué se distingue un cuadro vivo de un cuadro muerto; hay trazos, signos evanescentes —el dedo que se pasea sobre el cristal después de haber echado uno allí su propio aliento— de mayor entidad y consolidación que otros trabajos minuciosos, virgueros y virgúlicos; porque en muchos casos el arte puede rayarse, rasgarse, quemarse, falsificarse: lo que no puede someterse jamás a estos procesos es el instante; Zumeta tiene algo de animista laico, sabe sugerirnos que está en posesión de arcanos y pócimas para lograr colores no convencionales situados más allá del otro cromatismo. Queda la vibración invisible, llámenlo neurona, ectoplasma o tesis. No se caiga en la tentación de imaginar que nos hallamos ante un Zumeta converso, antagonizado con sus calendarios y sojuzgado por la esperanza. Bajo la pata de terciopelo las uñas del artista felino, hermético, arrancan chispazos y volutas; lo suyo es demoler la cantera con barrenos mixtos de trilita y pirotecnia — previamente se les extirpó la impertinente geometría a los sistemas—; y de esta forma nos muestra paisajes ocultos, sublimados en la rutina de una memoria hacia delante; se suplanta la perezosa memoria genética por la memoria genital, la creativa; se recusan los pálidos entornos de la vida misma; Zumeta renuncia —momentáneamente— a la explosión en favor de la eclosión. No puede hablarse, pues, de un Zumeta recapacitador o reflexivo, a que este tipo de actitudes o circunstancias requieren de un quietismo que aquí no asoma por ningún lado, ni dentro ni fuera de los forzosos rectángulos u opérculos; un cuadro suyo sigue siendo algo, por lo menos, sobresaltante; un ejercicio de astronomía inmediata; una agregación enharmónica de signos que brillan y mutan sin coagularse jamás; un ejercicio caligráfico que hace la rúbrica inútil. Un Zumeta es ese grito en la noche —dirigido a ti solo— que nos arrebata al duermevela y nos impregna de tinieblas de colores. Eso fue lo que dije en 1985. No me desdigo. Agregué, sorprendentemente, un poema telegramático en euskara: hats eta irrintzi/ zumeta zume/ izan zurrunbiloan/ amets bortitz/ intziri lehertu/ argilunen paradisoan/ margoen altzoan/harramaska/ geometriaren kaleetan/ kromatismoaren zorabioan/ taup/ zirriborro dardarti/ piroteknia salati/muturreko bat/ bide ertzean/ hodei miazka/ zutaz galdezka.
Zumeta, relato de una pintura vital
Ruiz de Eguino
HABLAR de la pintura de José Luís Zumeta implica adentrarnos en una labor profesional robusta y coherente. Se trata de un artista que vive su oficio con la intensidad de un creador inspirado y atento al devenir del momento.
Conozco la obra de Zumeta desde los primeros años setenta. A él personalmente lo conocí después. Nuestro común amigo Rafael Ruiz Balerdi fue el primero en hablarme de él. Ambos fueron miembros cofundadores del grupo Gaur de la Escuela vasca.
Conviene aclarar que estamos ante un artista sumamente prolífico, que además de analizar las creaciones y experiencias de sus colegas, ha sabido siempre enfocar lo que a él le ha convenido para “recrear” su obra de un modo personal. Haciendo historia su trayectoria, sabemos que la inició como dibujante en una importante imprenta y editorial “Graficas Valverde”, donde trabajo entre 1953 y 1958. Años en que amplió su formación en la Escuela de Artes y Oficios de San Sebastián y las aulas de la Asociación Artística de Guipúzcoa. Su primer reconocimiento reseñable, aconteció el año 1958 al otorgársele en Madrid, la Medalla Nacional en el certamen de Pintura joven.
Al año siguiente lo encontramos residiendo en París, junto con Rafael Ruiz Balerdi y J. Mari Ortiz. Allí descubre los entresijos dificultosos del mundo artístico y abre los ojos a la vanguardia: Staël, Appel, Asger Jorn y clásicos modernos como: Cezánne, Paúl Klee. La estancia, fué sustancial en el devenir de su trayectoria posterior. Es el momento en que bullen a orillas del Sena los ecos del informalismo y del Grupo Cobra, creado al margen de la escuela de Paris. Cobra y Dubuffet, romperían los moldes. Zumeta percibe inmediatamente la frescura e intuición plástica que aportan estos nórdicos. El expresionismo abstracto aflora en sus lienzos. Desarrolla el color puro y luminoso que deriva de las aguadas coloreadas de Rothko, tratadas con trazo libre y fortuito. Veladuras de colores diáfanos que fluyen unos sobre otros en franjas. Trazos que codifican descargas cromáticas donde el color habla liberado por si solo.
Explora técnicas y materiales hasta realizar piezas tridimensionales, donde el color resulta ser fundamental. La disposición de formas y trazos inmóviles mudan ahora. Hace posible unas novedosas composiciones más gestuales, donde la pincelada persigue formas más orgánicas, impera sobre todo la forma. Porque forma y color conjugarán un lenguaje inédito. Elabora a través de la superposición de formas-color, la ruptura con la idea de planos, aportando al campo de color unas composiciones, diríase barrocas, por la acumulación de trazos pincelados y de color-masa. Al tiempo elabora masas cromáticas en piezas tridimensionales/volúmenes color, haciendo la plástica de este momento más coherente. Se trata de maderas recortadas y coloreadas. También abultadas masas gomosas policromadas.
El año 1965 Zumeta participa en la fundación del Grupo Gaur, junto a los escultores Oteiza, E. Chillida, R. Mendiburu, N. Basterretxea y los pintores Rafael Ruiz Balerdi, Amable Arias, y José Antonio Sistiaga. El grupo difunde su obra en el País Vasco, Navarra y dimensiona lo que supondrá en el ámbito cultural la apertura de la denominada Escuela Vasca. Dos años después (1967) recibe el premio de Pintura vasca. Surgen numerosas exposiciones personales que a partir de 1970 irán incrementándose con la participación en la muestra “Pintura y escultura vasca” en México.
Estamos ante un periodo vitalista de Zumeta. Destila órdenes compositivos de una libertad absoluta, descubriéndonos la espontaneidad del niño que en él existe; un adulto que recupera la frescura. Como en Picasso, aflora el “gran niño”. Son obras donde transcribe plásticamente un mundo de sensaciones, de sueños escondidos. Va transcurriendo el tiempo, entramos en los primeros años setenta y de los colores primarios que viene utilizando hasta ahora, devendrá un período de cromatismos opacos, semi sombríos. En su pintura emerge un espacio nuevo gracias al contraste de blancos agrisados que el artista opone a tintes controlados. Incorpora además a todo ello la gestualidad de trazos libres y organicistas. Esta original contribución, nos acerca a unos espacios más íntimos de sentimientos personales, haciendo posible que las pinturas adquieran una dimensión sobresaliente, de monumentalidad.
Los pigmentos expresan, derramando su pastosidad, esa necesidad de mostrar una epidermis sensible. Texturas matéricas y cromatismos de delicado factura, en pos de una búsqueda capaz de manifestar la esencialidad. Son telas a un tiempo descriptivas en cuanto a literarias, a un tiempo que silentes en cuanto a su revelación lírica.
Recuerdo la exposición de Zumeta en la galería El Pez de San Sebastián (1974), cuya obra me pareció próxima al muralismo. Sorprendentemente pronto descubrí que entonces estaba inmerso en la realización de dos grandes composiciones cerámicas para la Plaza del Ayuntamiento de Usurbil y para el Puerto de Pasajes.
Sigo pensando que la ocasión de elaborar aquellas grandes superficies favoreció, a Zumeta en el ánimo de reinventar formas-mancha sobre planos y contraplanos (creando relieves). Su pintura adquirió una madurez sustancial tras abordar estas composiciones murales. En adelante ya no importará demasiado la escala en que trabaje sus pinturas, porque ha logrado materializar y concebir unos cuadros soberbios al margen de la dimensión. Particularmente me resultan de una plasticidad y rotundidad especialmente reseñables, su serie de composiciones a base de grises dominantes creada mediados los setenta. Pequeños signos pictóricos sobre espacios cromáticos aportan una ambigüedad espacial singular, creando un fuerte contraste etéreo, al que incorpora esa caligrafía tan medida.
De la recreación en los espacios insondables, regresa para ocuparse del hombre y su cotidianidad. Todo sucede al llegar a sus manos las imágenes de la fotógrafa Diane Arbus, hecho que le ayuda a conectar reflexivamente con la realidad. Plantea otra etapa en su trayectoria.
Belleza y fealdad, situaciones “sucesos”, ambientes de nudistas, de motivos familiares, gentes de la calle, diferentes circunstancias sociales,… son abordadas desde la representación realista-caricaturizada, crítica y humorística. El artista se plantea llevar al lienzo el complejo mundo de contradicciones reales, del devenir humano que nos suceden cotidianamente. Desde su perspectiva, descifra al hombre para ponerlo al descubierto.
Transcurridos cinco años, ese mundo mutará, para emerger en su estética una especie de icono-collages compositivos, donde otro tipo de representación aporta una jugosa pigmentación de ligazones y texturas. Retorna a unas producciones narrativas, no literarias.
Formas de figuración insinuada, que darán paso a un método casi ideo gramático.
El trabajo queda centrado sobre un ideario sentidamente abstracto, donde lo gestual y lo espontáneo, teórico e intuitivo emergen súbitamente. Zumeta ha roto definitivamente con lo que pudiera tener antes de carga teatral y descriptiva.
Sumergido en su espacio interior, el artista goza en estos momentos, de una libertad que sólo la madurez y la solvencia de una trayectoria como la suya lo permite.
El suyo es el caminar por un territorio terminantemente natural, por sincero. Zumeta, no necesita arrojarse al ruedo, el ruedo es ya suyo.