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José Luis Zumeta
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27 mars 2014

Merinoren liburua

José Luis Merino : Zumeta

Zumeta retrospectiva, atzera begira,

monographie publiée par

Eusko Jaurlaritzaren kultura eta turismo saila

1989, 190 p.

 

n En el arte, como en otros géneros o actividades culturales y de la vida, ha habido una falta de información real, en la que todos hemos de sentirnos culpables. Las instituciones públicas, en lo que a ellas incumbe, han comenzado a llenar ese vacío con sus aportaciones e iniciativas. Informar sobre lo que somos, hacemos o tenemos, y en esa tarea seguimos comprometidos desde este Departamento de Cultura y Turismo del Gobierno Vasco. Máximo cuando hoy en dia estamos pasando de una época de información/comunicación (imprescindible para el progreso y la cultura) a otra de convencimiento. La muestra de unos hechos o realizaciones objetivas está dando paso a la demostración, aunque ésta sea subjetiva. No basta con ser honrado, hay que parecerlo. No basta con decir, hay que convencer en lo que se dice. No basta con mostrar, hay que interesar, incluso persuadir. Por eso no es suficiente la exposición de unas obras, hay que explicarlas, hacerlas entender... y convencer con ellas.

Por eso, el Departamento de Cultura y Turismo del Gobierno Vasco ha iniciado unas publicaciones, a través de su Dirección de Patrimonio Histórico-Artístico, recopilando la obra de un artista vasco vivo y consagrado coincidiendo con la exposición o muestra de su obra. Ya se hizo con evidente éxito con otros artistas. De esta forma, el Departamento corresponde a las sugerencias de los propios artistas vascos y a la recomendación de la Junta Asesora de Arte. Esta publicación facilitará así una mayor integración y mejor comunicación con una sociedad, su sociedad, para que ese entendimiento mutuo no sólo justifique la obra en sí misma, sino que se establezca un lenguaje estético más natural, más razonado, mas apasionado e imperecedero. En suma, de mayor demostración y éxito.

Esta iniciativa sirve, al mismo tiempo, como memoria y aporte a la investigación del momento actual del Arte Vasco y de su influencia en las últimas corrientes creadoras para mejor conocimiento de nuestra sociedad, y para su lanzamiento en muestras y exhibiciones internacionales.

Lo que les espera a nuestros artistas y a la Comunidad Vasca en general es un reto heterogéneo de culturas, al que hemos de hacer fiente con obras, aportaciones y ofertas para convencer en un continente diverso, abierto, tal vez incomprensible o al menos imprevisto y competitivo. Es el momento de mostrar a los demás lo que cada cultura tiene. Y lo que tiene cada cultura es lo que han dejado sus creadores pasados y lo que realizan sus creadores presentes. Y estos creadores, nuestros creadores vascos, lo han sido y lo son dentro de su contexto real en el que están inmersos. Y para lograr ese carácter informativo, pedagógico, abierto, provocativo y hasta persuasivo y de convencimiento a nuestra sociedad y a la de fuera, no basta con comprometer al artista en su obra sino también a quienes están mas cerca de él y pueden informar, analizar, enseñar y convencer. Por eso estas publicaciones son encomendadas en cada caso a aquellos conocedores de la obra, intelectuales, investigadores, críticos o analistas, porque ellos lo harán mejor que nadie y saben mejor que nadie lo que deben hacer.

Este libro, dedicado al pintor, muralista, creador, José Luis Zumeta, es un buen ejemplo de la labor que continua.

 

Joseba Arregi Aranburu, Kultura eta Turismo-sailburua
 

HE trabajado sobre la obra de Zumeta con sobresaltada atención. Al ser un artista proteico, mi labor se ha visto envuelta por la sorpresa continua. La obra de Zumeta ha pasado a lo largo de los años por multiples fases. Como él apuraba cada una de ellas hasta la última gota, cáliz insaciable, habla que estar atento a esas exprimiciones, para luego saltar a otra fase, y comenzar de nuevo su estudio y su consiguiente exprime. De poco valían las teorías previas. Para acercarse a la médula de sus creaciones sólo existía un modo válido: meterse dentro de cada cuadro; analizarlo-vivirlo de manera que al final el resultado conseguido fuera un acto de conquista.

Sin embargo, no era suficiente con meterme dentro de cada cuadro, si segula estando dentro de mí. Lo que Marcel Proust auguraba, "el hombre es una criatura que no puede ir mas lejos de sí mismo, que no conoce a nadie sino a sí, y si afirma lo contrario, miente", me llevó a una idea extrema. Tenía que ponerme en situación de convertirme en Zumeta. Es decir, un Zumeta teórico, claro está, pero consciente que sólo podía acercarme a la médula de sus creaciones si daba por sentado que la experiencia precede a la teoría, tal como indicaba Leonardo da Vinci. Después de todo, la experiencia adquirida con el análisis de este libro viene a demostrar que las teorías pasan y cambian, en tanto lo que realmente permanece es el ver. Esa es una de las verdades inmutables del arte.

Lo que podíamos definir como parte dificultosa, hay que adscribirla al enorme desparramamiento de la obra de Zumeta, dado que es un artista sumamente prolífico, y porque no pocas de sus obras han quedado perdidas por el camino en sótanos institucionales y en numerosos lugares donde ha podido o le han dejado instalarse para poder pintar.

A este respecto cabe señalar que los artistas de generaciones recientes son más previsores. Saben que deben llevar buena cuenta de aquello que realizan, puesto que algún día les llegará, con toda probabilidad, la ocasión de ver catalogadas en libros todas sus obras. Sin duda, esas previsiones son de todo punto plausibles. A los de la generación de Zumeta les pasaba que no tenían tiempo para ese tipo de previsiones, al menos hasta hace unos años. Lo acuciante para ellos se centraba en la lucha diaria con cada cuadro, y en resolver los problemas subsistenciales de indole familiar y/o particular, según los casos, a tenor por el exiguo interés que la sociedad, en general, prestaba a sus creaciones.

Como contrapunto a estas últimas palabras, me cumple recordar que nada mas plantear la idea de realizar un libro sobre la obra de Zumeta, desde el Departamento de Cultura y Turismo del Gobierno Vasco se acogió con gran interés el proyecto. Gracias a ellos este libro es una realidad. Desde esa realidad se advierte que en la vida artística de Zumeta existen otras expresiones de su trabajo en forma de carteles, ilustración y diseño de libros, portadas de discos y semejanzas, las cuales no figuran en este libro, pero que se desea recordar como partes inherentes a la totalidad de su obra.

 

J. L. M. Bilbao, 1989ko iraila


Agradecemos a las siguientes personas y entidades la ayuda prestada para poder llevar a buen término el estudio de las obras de Zumeta, así como la puesta a punto de su exposición antológica itinerante: Ramón de Icaza y Zabálburu, José Maria Intxausti, José Angel Iribar, Isidoro Iturralde, Srs. de Iturrioz, Elixabete Laboa, Mikel Laboa, José Maria Lozano, Juan Marsal, Emilia Martinez, Fernando Meana, Angel Mendizábal, Musée Bonnat, Museo de Arte e Historia (Durango), Museo de Bellas Artes de Alava, Museo de Bellas Artes de Bilbao, Museo de San Telmo, Juan Olábarri, Enrique Ordóñez, Julio Sanchez, Manolo Sarabia, Victor Suinaga-Piedi Iriondo, Tintorerla Okendo, Javier Unzurrunzaga, Luis Benito del Valle Larrinaga, José Antonio Vallejo de Olejua, José Ramón Zabala-Maitane Arteche, Leopoldo Zugaza., Vda. de Luis Alonso, Ellas Amézaga, Julian Armendáriz, Hermanos Arteche, Unai Arteche, José Antonio Arza, Bernardo Atxaga, Juan Carlos Azqueta, Banco Bilbao-Vizcaya, Jorge Barandiarán, Elisardo Bilbao, Maria Bilbao-Josemi Salazar, Carlos Calparsoro-Paloma Lopez Tapia, Caja de Ahorros Provincial de Alava, Caja de Ahorros Provincial de Gipuzkoa, Javier Careaga, Diputación de Bizkaia, Diputación de Gipuzkoa, ELA/STV, Gotzone Etxebarria, Fundacion F. Orbegozo, Fernando Galdeano, Luis Gil-Asun Ibarra, José Gonzalez, Julen Guimon, Ignacio Herrero Mendiondo, José Antonio Ibáñez, Pedro de Icaza y Zabálburu.

 

El arte tiene valor

porque nos saca de aqui.

(Fernando Pessoa) 

J

OSE Luis Zumeta nace en Usúrbil (Guipúzcoa) en 1939. Los primeros tanteos, en aquello que con el tiempo sería su vida, se llaman garabatos. La falta de expresión verbal lo supliía con esos garabatos. El hecho de no saber hablar al principio el castellano, con los garabatos conseguía meterse hacia sí mismo. Luego, aquellos garabatos se tornaron en dibujos sobre cuanto veía. A un primo suyo le gustaban esos dibujos, y de vez en cuando le daba un duro por alguno que le había salido bien.

En la escuela, los frailes se dedicaban a buscar trabajo a los chicos. Por aquel entonces para los catorce años ya se empezaba a trabajar. Como el dibujo se le daba bastante aceptablemente, los frailes pensaron que podía trabajar de dibujante. Le recomendaron a Valverde, que tenía una imprenta. De ese modo, Zumeta entró a trabajar en publicidad. Dibujaba letras, porque entonces se dibujaban las letras a mano. Allí vio las primeras reproducciones de los grandes artistas, Cezanne, Modigliani, Paul Klee... Y empezó a pintar. A partir de los quince años decidió ser pintor. Se alistó en la “mili” de voluntario para acabar cuanto antes y así poder ir pronto a París. La presión familiar fue muy fuerte. No entendían como iba a dejar un trabajo seguro por una aventura. Lo cierto es que el ambiente artístico en Guipúzcoa no daba de sí nada que instara a Zumeta a quedarse en casa. La información artística de lo que pasaba en el mundo era nula. Allí se ahogaban las ansias del mundo de Zumeta.

A finales de 1959 se fue a París. Vio lo que por allí pululaba. El gran mundo del arte ante sus ojos. Obras  de Staël, Tapies, Appel, Corneille, Pollock, Asger Jorn y muchos otros. Atento y abierto a todo, a esa edad son muchos los artistas que le interesan. Cezanne en gran medida; Modigliani, aunque en un período muy corto; Chagall, también en una época; Picasso siempre, como asimismo Paul Klee. Pero no solo los modernos: los clásicos le liegan muy adentro, como Mantegna, Rembrandt, y otros más. En París tuvo una vivencia muy directa con José María Ortiz y Rafael Balerdi. Se encontraron allí por casualidad. Balerdi se convirtió en un excelente cicerone de todo cuanto atañia al arte y en un buen amigo personal. La amistad entre ellos durará toda la vida, acreciéndose cada vez mas.

Después de un año de residencia en Paris, vuelve a Euskadi. Trabaja en Hondarribia con el escultor Remigio Mendiburu. La pintura con la que se inició en el mundo de la abstracción era gestualizante, y bastante líquida. No tiene mucho valor aquello que pinta, si lo juzgamos desde ahora. Sin embargo, aquello era lo mejor que podía encontrar dentro de sí. De todos modos, en aquel bautismo artístico, lo realmente importante se cifraba en haber hecho de la abstracción un mundo. Consigue exponer por primera vez. Lo hace en compañia de dos pintores, Balerdi y Bonifacio, y un escultor, Remigio Mendiburu. Es en Donostia, en las Salas Municipales de Arte.

No pasa mucho tiempo para que se de cuenta que en aquella pintura tiene que eliminar lo inùtil, lo accesorio. La expresión por el puro gesto no le dice nada. Como tampoco le interesa la violencia que surge sólo por la velocidad del gesto. Ahora su empeño consiste en desterrar de su pintura todo lo que le sobra. Necesita un cambio. Para llevar a cabo ese cambio nada mejor que la creación de formas horizontales rayadas (franjas), que contengan colores puros. La decisión estaba echada. Trabajaría con colores puros. En cuanto al color, cada cuadro sería un punto cero de partida. En aquellas franjas horizontales, los colores chocaban unos con otros, al tiempo que se apoyaban unos en otros. El único tema preestablecido era ese leve enunciado que situaba las formas y los colores de manera horizontal. En aquellos días, Zumeta no podía ver ni admitir en sus cuadros líneas verticales ni líneas oblicuas. Todo era pasmo horizontal. Estamos ante un racimo de colores tumbados como si escucharan los ruidos de tierra. Algo duerme dentro en pura y atenta latencia.

A partir de esos cuadros, Zumeta inicia un caminar ininterrumpido. Desde esos primeros momentos, su vida se verá marcada por una búsqueda permanente del Absoluto del Arte.
Su primera exposición individual se verifica en las Salas Municipales de Arte, en Donostia. Al año siguiente expone por segunda vez de manera individualizada en Hondarribia, en el Castillo de Carlos V.

Después de las franjas horizontales, le llega el primer bache artístico. Vive en Ibiza. En los años 1962 y 1963 reside en Estocolmo y Londres, junto al poeta José Antonio Arza y Julián Ibáñez.

De todo lo que ha visto y sigue viendo en el universo del arte plástico, toma aquello que le va bien a sus ideas, a su temperamento, a sus ansias de Absoluto. No todo lo que aparece como innovador le sirve. En aquellos años jóvenes, lo que descubría en otros era tan suyo como de ellos. Alguien ha dicho que lo importante de un pintor no es la visión de la realidad, sino más bien la realidad de su visión. Ahi residía el meollo del arte para Zumeta. Su cabeza fue fabricando una idea que consideraba capital. Esta idea refiere que el artista tiene que ceder la iniciativa a las formas y a los colores, sin partir de un tema establecido. Descubrimiento fundamental para todo lo que sera en adelante el mundo zumetiano. Imaginariamente podemos ver como se han grabado a fuego dentro del propio Zumeta esas palabras fundamentales: “el artista tiene que ceder la iniciativa a las formas y a los colores...”

Como impulso a esa idea, lo primero que ve claro es que las franjas horizontales no se movían. No quieren crecer ni desarrollarse. Había que empezar a mover esas formas. De ese modo entraría en acción lo de dejar la iniciativa a las formas y los colores. Y así es, puesto que en esa libertad la invención nace de la espontaneidad. A no confundir con el automatismo. Se diría que la disposición no geométrica de las formas simbolizan el más puro azar. Mas no adelantemos acontecimientos. Estábamos en la creación de tensiones por mediación de trazos largos, donde las formas viven un entrecruzamiento simultáneo de protagonismos y subordinaciones, en tanto los colores actùan como si fueran las propias formas. Mientras acciona en los lienzos, el artista percibe que el color es esencial en su trabajo, porque es lo que le hace entender la forma, la mayoría de las veces. El color le ayuda a ver la forma. El color le estimula. Sin color, sólo con la forma, le cuesta entrar en las obras.

Metido en esa vorágine, empieza a ver que la forma-color puede moverse y continuar por el espacio pictórico siempre que tenga camino libre. Es una ley que aprende a través de la acción de pintar. Cuando la forma-color choca con otra forma-color intenta penetrar, y si no tiene espacio viable o no lo puede vencer, allí termina. Son leyes que aprende en tanto vive la acción de pintar.

El resultado de dejar a un lado las franjas horizontales supone la creación de unos cuadros con formas orgánicas envueltas en la explosividad de los colores puros. Ha salido del bache. Otro descubrimiento que ha asimilado es de una enorme riqueza estimulativa: lo que para otros artistas ya consagrados el mundo abstraccionista es una cosa natural, ahora es a él a quien se le ofrece esa facultad. Sin duda, el arte es un acto de conquista y, tal vez, una irrefrenable obsesión.

Corre el año 1965. Participa en la fundación del grupo "Gaur", de la Escuela Vasca, junto a Jorge Oteiza, Eduardo Chillida, Remigio Mendiburu, Néstor Basterretxea, Rafael Balerdi, Amable Arias y José Antonio Sistiaga. El grupo lleva adelante varias exposiciones colectivas. Exponen en la galeria Barandiarán (Donostia), Museo de Arte Moderno (Bilbao), Museo Amárica (Vitoria). Pasados los años, Zumeta recuerda lo del grupo "Gaur" como algo muy romántico: "Tenía un contenido politico. Fue muy importante de cara al pùblico. El arte que nosotros mostrábamos solo lo hacía caso una minoría, y muy pequeña, prácticamente nadie. Desde el momento de la creación del grupo fue aceptado por más gente, posiblemente por el contenido politico que llevaba dentro. Resultaba chocante ver como en un mundo provinciano como el de aquí, por un momento se puso en duda quiénes eran mejores, si los que pintaban de manera clásica o nosotros. Eso nos ayudó mucho y nos animó. Al menos a mi personalmente me estimuló mucho. Yo era bastante joven entonces, y aquello me dio un empujon. Fue muy emocionante. Acabó pronto, porque su función equivalia a un gesto. Fue una cosa bonita y romántica eso de llegar a Navarra a tomar el poder cultural".

Como dato adicional, señalamos que otros grupos se crearon en Bilbao, Vitoria y Pamplona. Los grupos se llamaban "Emen", Orain" y "Danok", respectivamente. Es justo citar la labor del grupo “Ez dok amairu”, con el cantante Mikel Laboa, entre otros.

El arte de Zumeta sigue su curso. Activa su violenta pasión interior. Fabrica un dinamismo a ultranza. Vive un frenesí imparable. Desde siempre le habían impactado el fuego, la magia de los caleidoscopios, los juguetes pintados con anilinas, los muñecos rusos, las cometas, los cohetes, las fábricas, las máquinas, las excavadoras, las ferias...

Llegado a este punto, uno se pregunta si la clase de arte que llevaba entre manos Zumeta no andara lejos de estar previamente concebido en to imaginario. Quizá seria mejor aventurar que es en el transcurso de su ejecucion cuando surgen los posos que tiene adquiridos, los cuales son reconducidos a un fin nuevo.

Demos un punto y aparte como respiro para horadar dentro de la psique del Zumeta de aquellos dias. Es posible que el consciente aportara su estructura plástica, en tanto las imágenes arquetípicas, que permanecen en todo momento ocultas en las capas del subconsciente, fueran ellas las que contribuian aunándose a la consecución del todo. Entre estas dos aportaciones-figuras se instala eso que hemos dado en llamar azar. De ahí que experimentar pintando para Zumeta sería conseguir expresarse de manera espontánea, sin que la razón interviniera poco más que lo justo para que la espontaneidad fuera mas fluida. Pero puede decirse de otro modo: en el hecho mismo de pintar prevalece la idea de que cuanto se va elaborando eso es lo que indica aquello que se busca. La comprensión de lo que se busca renace a través del acto de pintar. Nada nos impide conjeturar que aquello era vida para Zumeta. Tanto o más que lo que la vida de todos los días, sin el acto de pintar, pudiera depararle...

Se diría que vive para pintar, y que el resto del tiempo es algo que debe soportar para poder seguir pintando. A to largo de toda su vida no dejará de probar una y otra vez su manera de ser pintor. El pintar le hizo sentirse a sí mismo, tal vez como nunca lo había experimentado hasta entonces.

Recibe el Primer Premio de Pintura Vasca, en 1967. Ese mismo año expone individualmente en la galeria "Huts", de Donostia. Al año siguiente, del 4 al 18 de enero, expone en Bilbao, en la galería "Grises". Durante esas dos semanas "Grises" se convirtió en un habitáculo festivo. Los colores explosivos llenaban el ámbito de la galería. Casi todas las obras expuestas en "Grises" eran relieves. ¿Por qué los relieves? Sencillamente, porque la pintura que estaba realizando en los años 67 y 68 le sugerían volumenes reales. Esos cuadros tenían ya la apariencia de la tercera dimensión. Por primera vez habla espacio vacío de volumen, había aire. Entonces, como no quería disimular la apariencia poniendo una perspectiva y unas sombras que imitaran los volúmenes, se fue a la construcción de relieves, con sus volúmenes reales.

Esas obras se mostraron en "Grises". Obras de madera recortada, pintada con colores puros. Formas abstractas de cuño organicista. Junto a esas maderas pintadas había otras obras con materiales varios. También expuso un mural sobre un fondo liso de acero inoxidable y en lo que era propiamente relieve lo componían unas chapas finas de hierro pintadas con los colores detonantes. Uno de los recuerdos más vivos de aquella exposición es el que hace referencia a una goma de gran peso. Por lo visto, la goma la sacó el padre de Zumeta del rio, en Usurbil. Era un tocho informe, apretado, macizo, tosco. Resultó tan cercano a lo que el propio Zumeta queria hacer, que la pinto de colores puros, tal como salió del río. Desde el primer momento le dio por pensar que aquella goma era una cosa mágica. Al surgir de las aguas y verla ante si, sintió como si esa goma la hubiera creado él en un momento indefinible. Fue algo así como una suerte de vivencia que pudo haber existido sin existir del todo. Sea lo que fuere, la goma causaba un efecto extraño en la exposición. Semejaba una casa viva. Poseía una gran fuerza expresiva. En cualquier momento nuestra imaginación la vería moverse, puesto que uno intuía la existencia de latidos en su interior. Una pieza memorable nos pareció en aquel entonces.

En el catálogo de esa exposición de "Grises", Zumeta contestaba a una carta mia, y me decía en ella: "Podría hablarte que mis obras las veo como arquitectura, como topografía, como urbanización, como máquinas, pero mientras no lo sean de verdad no puedo hablarte de ello". Sus palabras resultaron entonces altamente enigmáticas. A esto se añadía otra contestación, en ese mismo catálogo, cuando yo le preguntaba si su pintura comportaba alguna intención laberíntica. Esto deía el pintor: "Yo sé que podría ser un laberinto y he pensado en una gran dimensión de mi obra, y meterme y andar por ella. Esta idea me ha apasionado, pero no lo hago por eso. El resultado es quizá laberíntico; se hacen laberintos por acumulación de formas (provocadas por ellas mismas). Muchas veces yo mismo no las entiendo, sino después de muchas repeticiones y estudios particulares de cada forma. Así y todo no las entiendo siempre".

La complejidad de su arte aumentó a pasos agigantados. El aprendizaje en aquellos años llevaba más tiempo que ahora. No existían los medios de información que hay en estos momentos. A través de la experiencia se llegaba a entender siquiera un poco lo que uno mismo realizaba. Se sabía que al artista le cumplía entrar en una persecución continua de posibilidades infinitas. Unas palabras luminosas de Hegel dejaban una via abierta a la asimilación: “La actividad artística, para ser eficaz, debe ser inconsciente, pues cualquier intervención de la consciencia es susceptible de alterar la actividad artística, de  perjudicar la perfección de las obras".

Muchas ideas se acercaban al artista a la hora de pintar. Un momento antes que la mano empezara a trabajar una obra, el pensamiento indicaba que había que dar forma de manera espontánea a aquello que suministraba la intuición. El espacio pictórico era el lugar donde trabaja el inconsciente. No cabía arte posible si no es con la condición de alcanzar una revelación no racional. Todo ese aluvión de ideas se convertían en nada una vez que el cuadro iniciaba una andadura imparable. El arte acaba por echar a perder todas las teorías artísticas. Al fin y al cabo, pintar en muchos instantes no es ajeno al acto de tomar la fruta de árbol o sentir et agua en las manos.

En la exposicion de "Grises" sólo se vendió una obra. Un cuadro pequeño. Pagarón por él ocho mil pesetas. Se comprenderá que era poco dinero para un padre con mujer y dos hijos. Zumeta se casa en Londres en 1964. Al año siguiente tuvó una hija, Monica. En el 66 un hijo, Eneko. Mas tarde, en el 69, tuvo su tercer y ultimo hijo, una niña Ilamada Usoa.

El año que expone en "Grises", 1968, participa en el "Primer Salon de Escultura Contemporánea", de Barcelona. Le encargan un mural público en Irún.

En relación con la escultura, hay que decir que no se metió a fondo en ella. Nosotros creemos que tiene buenas condiciones para haber profundizado en la escultura. Existe un dato revelador en lo que le acontece con el dibujo. Dibuja mejor quitando que poniendo. Eso es primordial a la hora de trabajar la escultura. Las palabras que vienen a continuación lo atestiguan: "Yo dibujo mejor con blanco sobre negro, que con negro sobre blanco. La figura es más real si quito del negro para que aparezca la luz, que al revés. Me sucede con la pintura algo parecido: me tengo que pasar y tratar de recuperar, porque a la ida no le cojo el punto; y cuando me paso, al quitar es cuando encuentro la medida que me va".

Si esto sirve para entender las condiciones sin culminar de Zumeta como escultor, por otro lado indica que nos hemos adelantado algunos años en la historia que queremos contar.

Estábamos en Bilbao, en su exposición individual, la primera de cuantas realizara en esta capital. En 1970 expone en México, en lo que se llamó "Exposición de Pintura y Escultura Vasca Contemporáneas". Se mostrarón obras de los pintores Bonifacio Alfonso, José Maria Cundín, Agustin Ibarrola, Rafael Lozano Bartolozzi, Rafael Ruiz Balerdi, José Antonio Sistiaga y el propio José Luis Zumeta, por la pintura; más Néstor Basterretxea, Eduardo Chillida, Vicente Larrea y Remigio Mendiburu, por la escultura. En el mismo año 1970, participa en la exposición colectiva celebrada en New York bajo el titulo "Pintores jóvenes españoles".

Durante el año 1971 trabaja febrilmente. Las exposiciones se acumulan. Dos individuales en Madrid (Ateneo de Madrid y Galeria Durán), una en Bilbao (Galeria Mikeldi), "Pintura erakusketa" (Usúrbil) y participa colectivamente en la "I Muestra de Artes Plásticas", de Barakaldo.

Esa actividad apasionada proviene de su gran vitalismo. Tanto en aquellos años, como después y en el ahora mismo, lo importante para Zumeta es mantener la energía. Está convencido que con energía siempre le salen los cuadros. Esa energía proviene de la voluntad de querer pintar. No es de extrañar que durante años valore en gran medida, y por encima de todo, la acción de pintar. Busca sorprenderse a través del acto de pintar, porque se ha dicho famosamente que lo nuevo está todo él en la sorpresa.

El vitalismo le conduce a pintar aquello que surge del interior casi a borbotones, como buscando su propia armonía interna, su natural necesidad de dar al exterior los procesos formativos de ese interior. Otra vez salen palabras con componente teórico, cuando el fluir natural del pintor está en unas articulaciones espontáneas que llegan sin apenas darse cuenta.

Deberíamos hablar de motivación al mentar la palabra vitalismo. Motivación que equivale a exaltación y fogosidad de ánimo. El entusiasmo como paso esencial para acometer acciones determinadas. Afincado en el entusiasmo, hará de ello su piedra angular, su fe candente. Un axioma de Schopenhauer ofrece la clave para lograr entender el vitalismo que le hace motivar a Zumeta: "La motivación es la cualidad vista por dentro".

Los espectadores de las obras de Zumeta de los principios de los setenta se enfrentaban a obras abstractas, llenas de colores vivos, y de formas ondulantes, todo ello en vorágines de idas y venidas. Un revoltijo de formas indefinibles. Para algunos esas formas tendrían resonancias que les recordarían a multitud de cosas. Podian parecer tejidos orgánicos, estructuras de metales vistos a través de un microscopio, meteoritos flotanto por un espacio sideral, y otros muchos etcéteras...

En las intenciones del artista no habla tales resonancias, al menos de modo consciente. Eran imágenes de formas indeterminadas, liberadas de las imágenes más o menos reales que a uno le es posible idear de manera asociativa e incluso con recurrencia a lo metafórico simbólico.

Cuándo una obra posee el sello del acabamiento? En qué momento aquellas obras de Zumeta estaban concluidas? Para que una obra tuviera esa condición, este artista se regía por el criterio del vitalismo. Es decir, aquello que bullía por el cuadro hasta convertirse en una obra acabada, y llamamos a ese bullir sensaciones pictóricas concretas, lo señalaba el instante en el que la vitalidad daba de sí todo lo que tenía que dar. El cuadro acabado se sostenía por una fuerza interna. Estoy por asegurar que eso mismo le ha ocurrido siempre a Zumeta, y que le seguirá ocurriendo mientras sea pintor, que es como decir mientras viva.

Con gran energía y obstinación, el artista sigue su curso vitalista. Poco a poco se adentra en la interiorización del color, y en la interiorización del movimiento. Sus ojos no miran objeto exterior alguno. Le basta con penetrar dentro de la pintura misma. Las obras que surgen son fruto de la cualidad intrínseca de la actividad.

Si en esos años alguien hubiera dicho que la pintura es una emoción plena de verdad y el eco de un sonido vivo, como el rugido que sale del pecho de un león, Zumeta no podía hacer otra cosa que suscribir alborozado aquellas palabras. El arte que sacaba de sus manos lo proclamaba vivamente. Ese arte posela para él una existencia, y era una existencia fascinadora. Con todas las dificultades que encierra todo arte verdadero, y el arte que Zumeta elaboraba lo era, su aspiración mira hacia la libertad del juego; el juego como el juego mas fecundo de los juegos. Cito a Barthes: "Lo espontáneo del hombre es su cultura". A esto deseo añadir: jugar es volver a la infancia de la humanidad. No nos extraña que al pintar el artista crea verse infinitamente libre. Es decir, permanentemente niño. Un artista al que Zumeta ha admirado desde siempre confesó al final de su vida: "A los doce años sabía pintar como Rafael, pero necesité toda una vida para aprender a pintar como un niño". Naturalmente, este pintor era Picasso.

Como les pasa a la mayoría de las personas, de vez en cuando echaba la vista atrás. Recorría en recuerdos los años pasados. Uno de los recuerdos más nítidos y primero fue aquel pedazo de yeso al que le puso por ojos dos lapas. Tenía unos seis años. Otro recuerdo vivo era el de las monjas, que le castigaron porque habla pintado los árboles de color azul. No conseguía determinar en qué año fue. Sólo podía calcular que en las monjas estuvo desde los cinco años y medio hasta los siete años. Recordaba su vuelta de París. En su Usúrbil natal pintaba en un rincón apartado, en el monte. Solía decir en los bares que cuando acabara un cuadro echaría un cohete. Y en los bares y en los estancos ya sabían que al sonar un cohete era que Zumeta había terminado un cuadro. En otro de aquellos momentos le hubiera gustado pintar las piedras del río de su pueblo. Cuando se le ocurrió esta idea el rio estaba seco. Pintar cada piedra de un color diferente, sobre un recorrido de media kilómetro, que tentación tan loca y qué sugestiva al mismo tiempo! Fue una obsesión esto del color. Si le dejan hubiera pintado el monte de colores y todo lo que le rodeaba. Para llegar a ser pintor auténtico el color tiene que ser una parte de ti mismo. El tercer pulmón, tu segundo corazón,...

Vuelta a la realidad. Años en vuelo, 1972-73-74-75. Su actividad continua a gran tren. Colabora con su participación en las semanas culturales de Usúrbil, Tolosa, Iruña, Azpeitia, Azkoitia, Ataun, Zumárraga, Ordizia, Rentería. Concurre a la exposicion "Miró 80", que se celebra en el Colegio de Arquitectos de Palma de Mallorca. Realiza un mural publico en cerámica de 145 metros cuadrados en Usurbil. En este mural coexisten algunas de las constantes que el pintor ha ido consiguiendo a través de los años de aprendizaje. A la festividad de los colores primarios ha añadido el desgarro de los colores de tendencia oscura-opacada (negros larvados, negros en acecho) y el contraste del blanco. Con ello persigue la profundización en los tonos sombríos. En cuanto a las formas, ha creado areas de flotación por el espacio. Aparecen los contrastes entre tonos calientes, tonos fríos, tintes sordos, apagados y colores detonantes. Percibimos en ese mural otra de las vertebraciones en el arte de Zumeta: la unión de los opuestos como esencialidad. Al empuje interior se le controla con ciertas dosis de reflexión. En el mural hay elementos muy construidos. Aportan su función mas estática. Son los que crean los ejes verticales y horizontales. Además, protagonizan las zonas de color más neutras. En cuanto al sentido volumétrico, esas zonas actúan en una función ambivalente, puesto que acuden a los ojos como primeros planos y en otros momentos como fondos. Partes de ese mural están concebidas al modo de relieves. El propio material, par su corporeidad, ayuda a la idea real del relieve. La composición del mural patentiza dos partes en una. Par un lado, la parte derecha se presenta más sobria y escueta, mas geométrica, en tanto la parte izquierda se cierne más en el juego de sinuosidades organicistas.

Hay un recuerdo de Zumeta sobre el mural: el boceto le salió un tanto rígido. Pero pensó que en la elaboración sería el material de cerámica el que corregiría esa rigidez. Y no fue así. No corrigió nada. Salió tal cual. Al final ha quedado un poquito excesivamente rígido. Debemos decir que las piezas que faltan en el mural no se colorarón nunca. O sea, que no se cayeron. A última hora se rompierón al transportarlas. A partir de ese mural se proyectó crear una escuela de cerámica en Usúrbil. Proyecto no realizado hasta ahora. El mural está fechado en 1974. La distribución de la plaza que da al mural fue un diseño del propio Zumeta. Han pasado unos cuantos años, y pese a ello el mural aguanta con creces cualquier mirada exigente, por encima de la mentada rigidez. Lo vemos alzarse potente, apodíctico, como la ola de un mar gigante, tierra adentro, en los días de Usúrbil.

La ola muralística, con su espumilla rígida en flote incluida, nos da pie para echar la vista a las obras que van de 1970 a 1975. Si en 1968 la elaboración de los cuadros se realizaba sobre masas de color con ritmos que buscaban acompasarse sin estridencias, a partir de 1970, con la introducción del negro de manera más profusa, empiezan los entrecruzamientos y los choques entre las masas. Ello genera una cualidad miocinética. Las zonas-masas de grises son las que propician la creación del espacio. Con ese soporte espacial, las partes del relato pictórico viven su mundo. También percibimos unas lineas alargadas, filiformes, de suaves pespuntes, que otorgan a las obras una parte muy activa, sumamente dinámica y casi musical. Hacen las veces de leves respiraciones del aliento dramático-lírico que se ha creado a todo pulmón.

Estas obras de 1970 se han trabajado en dos direcciones. Primero se han ido acumulando elementos en cada cuatro, como impulso de adicionalidad en bruto, para después ir quitando-tapando-conteniendo hasta llegar a un punto deseado. En ese trasvase han hecho aparición los contornos imprecisos como si quisieran alcanzar una expansión-ruptura de los limites. Sin embargo, en otros momentos de algunos cuadros, la definición de los limites es la salvaguarda para que las obras consigan el acuerdo de la totalidad. No tiene duda: la firmeza en el trazo de los límites, con alguna excepción sutilísima, conforma la conseguida redondez de las obras.

Sigue el fluir pictórico por el año 1975. Como en el acto de vivir, la manera de actuar de Zumeta ante la expresión plástica va y viene de un modo de pensar a otro algo diferenciado. Vuelve más tarde a aquel modo que dejó, y otra vez va de retorno al otro que dejó mas tarde. En ese vaivén los significados cambian, porque lo ambiguo y lo ambivalente han entrado de rondón. Ocurre como en la vida misma. En un ir hacia adelante, con sus retrocesos y vueltas a seguir, nos vamos afirmando. Todo acto creador está formado por una larga serie de inicios y rechazos, de audacias y de miedos...

Se advierte en algunas obras firmadas en 1973 cómo en determinadas zonas se han insertado unas pinceladas con sus matices delectantes. Se muestra el deseo por enseñar la morosidad en el trazo, las pinceladas puestas golpe a golpe (suaves) de pincel. Es una adición más. Es, asimismo, un contraste con aquellas zonas elaboradas con menos cuidado. Tal vez la idea de esas pinceladas hechas con delectación conlleven la pretensión de introducir un poco más la propia persona del artista dentro del cuadro. Para mí tengo que en la elaboración de cada cuadro el artista está poniendo vivencias, instantes de vida. Pintar es hablar con las manos.

Llegamos a uno de los años (1975) en que el arte de Zumeta cobra un dominio enorme. Su manera de entrar a los cuadros es segura y sumamente variada. Destaca la coherencia dinámica que invade cada obra. Estamos ante espacios muy activos de intensidad variable. La oposición y/o yuxtaposición de los colores en muchas de sus obras adquieren la utilidad de dar dinamismo a los cuadros. Vemos signos como perdidos en un amplísimo espacio, al tiempo que ese espacio se convierte en algo substantivo, casi un personaje. Nunca hasta entonces había existido tanto desgarro. Ese desgarro lo da la seguridad adquirida. En sus obras hay de todo. Hay lirismo y hay una impresión de soledad, como hay una sensación de vacio sin eco, pero también se vive un placer par probar de todo. Insistimos en que aquel estado de gracia de Zumeta venía dado por el dominio de lo que estaba realizando. Es el fruto de años de aprendizaje, de insistencia en lo suyo.

Tanto como el deseo por sacar del interior formas inventadas sobre la marcha, había tanto interés por hacer vivir la pintura en los lienzos. Quiere seducir con el relato. El repertorio mostrado es muy grande y siempre rico. A todo lo conseguido hasta ahora añade el juego de planos y contraplanos que deambulan por los cuadros. Con la formación de los multiples espacios convierten a algunas de esas obras en complejísimas lecturas. Aciertos de máxima altura.

Las dimensiones de esos cuadros varian. Algunos son grandes, otros intermedios y existen muchos de unas medidas poco menos que liliputienses. Sin embargo, esos cuadros pequeños poseen una concepción en nada diferente a las de los grandes. Y eso es así, porque dentro de cada cuadro siempre ha existido (y existe) una especie de escala en relación con el hombre. En la medida que trabajaba los cuadros iba viendo cuál es la escala de una persona en cada cuadro. Y cabe decir que son cuadros habitables. Una revelación lo avala: durante una temporada muy larga, el mundo que abarcaba su pintura lo constituían una triada llamada hombre, espado y cosas. Con esa premisa, los cuadros son mundos habitables. Las cosas son mucho mayores que las personas. Las  personas pueden andar por dentro del cuadro. Son cuadros que se han concebido según la escala del hombre: todos, sean de grandes dimensiones o de reducido tamaño. Zumeta siempre ha encontrado inevitable la escala humana, y la referencia humana en ese sentido. "El cielo está arriba, la tierra abajo, lo cual es inevitable", son sus palabras. Y concluye: "Eso siempre ha estado claro en mi obra".

Un cuadro acabado en 1975 se convierte en una de las obras capitales de todo su arte. Es un triptico propiedad del Museo de Bellas Artes de Alava. La gran complejidad que lleva dentro atrae y subyuga. Espacios activos, luminosidad del color, historias multiples que se entreveran y parecen proyectarse fuera del plano, zonas de pintura que van y vienen en movimiento de ida y vuelta, actividad permanente del espacio, dinamismo control de todo cuanto aparece en el cuadro. La obra es un edificio cuyo puro éxtasis viene a ser una summa. Sus grandes dimensiones (395 X 195 cm.) proclaman aquello que lo saben hasta los indefensos gatos galácticos: en un metro de verde se expresa más que en un centimetro de verde. Aquel cuadro, titulado "Hombre, espacio y cosas", parece decirle a quien lo ve, "isuéñame, suéñame!". En algún momento hemos llegado a verlo metafóricamente como la fuerza de cien toros en estado violento, en tanto un interminable pasto apacible los contiene. La obra es un modelo de equilibrio. En ese cuadro se dan cita todos los elernentos que ha encontrado de valor hasta ese momento y que le sirven para engrandecer su arte. Es la ley del arte. El artista va adquiriendo experiencia mientras pinta. Trabaja sobre lo que conoce, ya que le es necesario conocer lo que sabe, justamente para ir tras lo que no sabe. Parece decirse para sí: aprendamos a hacer lo que sabemos, porque de ese modo conseguiremos alcanzar aquello que desconocemos.

Durante los últimos tiempos empezaban a venderse sus obras. Es en Bilbao donde consigue formarse una clientela creciente. La cosa parece marchar sobre ruedas. Pero, de pronto, Zumeta no lo ve demasiado claro. No quiere andar forzando las situaciones de tensiones, como lo venía practicando hasta ahora. Lo tenía todo, sin embargo, todo hace pensar que no tiene nada. Cree que por el camino anterior no va a encontrar lo desconocido. De ese modo surge la etapa de los "grises". Una nueva etapa.

En esa pintura de los "grises" da prioridad a los gestos pequeños. Son signos pictográficos, como si vinieran de un lenguaje primitivo. El pintor asegura que son cuadros como los anteriores, pero con nieve o bruma. Son signos en el aire. Ese gris cabe tomarlo como espacio en términos conceptuales. Si antes se daban en los cuadros tensiones de bloques fuertemente contrastados, con los "grises" la idea era meterse dentro del espacio, dejando los trazos en el aire, por lo que los resultados devenían en obras mas etéreas.

Experimenta con estas obras dos formas de trabajar. De adelante para atrás y de atrás hacia adelante. Pinta con colores fuertes, y luego los vela con un gris. Aunque todo queda tapado por las veladuras, lo de abajo queda siempre fresco. La siguiente operación consiste en ir sacando lo que hay debajo. Luego vuelve a taparlo. En ese proceso de adelante hacia atrás y viceversa recupera lo que quiere. Los colores puros son aplacados por colores ocres hasta conseguir un tono neutro. Comprueba que ha dotado a los cuadros de una función espacial muy acusada. Cree que con esta clase de pintura se logra un espacio poético y lírico mucho mayor que en las obras anteriores.

El cambio se produjo por aquella lucha que había sostenido con la tensión de los bloques. En un momento dado algo pasó por su mente. Como si le quemaran las masas de colores violentos. Y tuvo que echar nieve sobre ellas. Tal vez en oposición al fuego de los colores primarios. Sin tal vez: contra la explosividad primaria se opone la frialdad de la nieve.

La pintura de los "grises" fue una época reflexiva. Eso de tapar y volver a pintar, y repetir la operación una o más veces, lleva consigo una mayor carga reflexiva.

No queremos obviar lo que le hemos escuchado en más de una ocasión. Esto es: la encrucijada de su carácter que le lleva a sentir aburrimiento por todo. Y entonces tiene que probar de esto y de aquello, para salir de esos estados de ánimo, al tiempo que, a su través, adquiere conocimientos sobre su oficio. De ahí que su vida artística se mantenga en estado latente tan sólo si no deja de pintar sin parar. Decimos que tiene que probar de esto y aquello, pero debe entenderse dentro de la rama específica del arte que a él le interesa.

En esa pintura de los "grises" se tiende a dar prioridad a los gestos pequeños. Son gestos voraginados, enmarañantes. Las zonas espaciales que se forman a través de las veladuras fabrican un valor nuevo, como es el de la materia. Estos cuadros se asientan según su orden matérico de nuevo cuño para et quehacer estético de Zumeta. La ejecución de las obras andan dentro de un refinamiento artesanal; pero donde realmente el artista quiere Ilegar es a alcanzar un grado de flotabilidad especial muy grande. Parece que él mismo desea convertirse en átomo infinito y perderse en el espacio. Empero queda atenuada esa pretension cuando se reafirma en los trazosgestualizaciones pictográficos de colores vivaces. Esos trazos parecen bajarle a la tierra para que sean a la vez partes protagónicas del todo espacial. Para enriquecer la lectura de esas obras, el artista introduce algunos elementos sueltos, que estân por los cuadros un poco desperdigados, ajenos al leitmotivo gestualizante, pero que sirven para potenciar el sentido espacialista del conjunto.

Para dar al público señales de vida de esa nueva etapa artística, se compromete a realizar tres exposiciones individuales. En Bilbao (Museo de Bellas Artes), en Pamplona ("La Ciudadela") y en Madrid (Galeria Juana Mordo). Esto acontece en 1978. Antes, en 1974, realizó un mural cerámico en el Puerto de Pasajes. Ese mismo año expuso individualmente en Donostia (Galeria "El Pez") y en la Galeria Mikeldi, de Bilbao. Al año siguiente, realiza una exposición individual en Vitoria, en la Galeria "Eder-Arte". En 1976 construye un mural de cerámica en la Caja de Ahorros Provincial de Guipúzcoa. En 1977 le encarga et Ayuntamiento de Donostia una obra para un parque de Amara, obra que realiza pero que no Ilega a colocarse.

Hacia finales de los setenta, Zumeta desarrolla su arte con la obsesión que le caracteriza. Solo atiende

a la fortificación de sus demoliciones interiores. Sabe que el carácter de una persona lo determinan los problemas que no puede eludir. A esto debe añadir el remordimiento que provocan aquellos problemas ya eludidos. No existe escapatoria posible. Hölderlin, poeta entre los poetas, augura nuestra condición irremediable: "... ser cada uno, uno mismo: eso es la vida; que nosotros, los otros, somos ensueños de eso".

En un momento inesperado le caen de golpe las imágenes de la fotógrafa Diane Arbus. Eran imágenes muy comunes, pero tratadas con una gran sutileza. Se notaba el gran arte que posee la técnica fotográfica. Aquellas imágenes entran como un huracán en su interior. Remueven los cimientos de su arte, cuestionándolo despiadadamente. Poco a poco va arremansándose. Y ve que había estado durante muchos años en el mundo frío de las formas abstractas, sin conectar con la realidad directamente. Se dice que no estaría mal entrar en el tema de las personas concretas. Y ve más: con la abstracción había llegado a controlar su pintura en exceso, con el agravante de tener unos esquemas inconscientes de repetición...

Dicho y hecho. Atisbando por aquí y por allá, descubre el mundo de las tarjetas postales. Eran las tarjetas de felicitación para enviar al abuelo o a la novia o para retener un recuerdo del tiempo de la "mili". Es el gusto medio lo que está allí reflejado en el mundo de las tarjetas postales. Las compran muchísimas gentes. Es un mensaje tradicional. Para Zumeta aquellas imágenes y mensajes eran horrorosos, espantúpidamente vulgares. Pero le sirvieron para meterse a trabajar sobre la figuración, como primera medida remedando aquellas imágenes. Lo que diferencia sus cuadros de las tarjetas viene dado por un pequeño quiebro, una vueltita, que sirve para ridiculizar al modelo de manera mordaz. Más que una denuncia crítica hay que mirarlo como una posición de humor. Luego resultó que la gente lo vio más como una actitud crítica, y casí como una crónica social.

Con el inicio de esta nueva etapa, han quedado atrás veinte años metido en la más estricta abstracción. En esas dos décadas había logrado —más bien: le había sucedido— separarse de todo aquello que tuviera el mínimo brote de asomo figurativo. Ahora iba a tener a la figuración como antecedente obligatorio de sus creaciones (un ojo alerta dentro del cuerpo).

Tuvo que ser duro dejar de raiz tantos años de vida en libertad. Pero eso quedaría paliado al darse a sí mismo la libertad de introducir en su pintura el elemento figurativo, negado durante tantos años...

Lo que pasaba por la cabeza de Zumeta es lo realmente importante. Lo primero de todo se imponía pintar sin dejar de parar. Las tarjetas postales entraron como referencia inicial. Mientras va pintando acuden las ideas en estado bruto. Todo se agolpa en la cabeza. Sabe que una obra de arte tiene que contar algo que no aparece en su forma visible. También escucha una voz que sugiere la búsqueda de un nexo mediador entre la esencialidad individual y las aspiraciones de la colectividad. Pero esto último no resulta tan esclarecedor como puede imaginarse. Uno tiene que abrir las manos que han estado agarrando lo que no debían. El cambio político en el país ha hecho renacer a millones de vencidos.

Cuarenta años de dictadura oscurantista han quedado atrás. La cultura intentando vivificarse durante ese tiempo. Corno Zumeta es un ser de sensaciones, su pintura se mueve entre límites. Quiere que sean unos límites muy amplios. Y toca muchos puntos de la historia de la pintura...

De un modo tenue se adhiere al hecho de tomar a lo feo como complemento de lo bello, para después transformarlo en suplantación. Al menos eso pasa entre el pensamiento y la sangre que lo piensa. "No hay nada en el entendimiento que no haya estado en la sensacion", aducía Locke, y daba mucho al mundo con tal tesitura.

Sus obras figurativas son como un río de recuerdos y sensaciones. Amigos, parientes, evocaciones del pasado, cualquier visión real o imaginaria, todo ello llega a los cuadros por el camino indirecto de la ensoñación. Pintado con su energía habitual. Lo que se anota como nuevo es el cuidadoso mimo en la ejecución en la mayoría de sus cuadros. Para poder pintar la ternura, la nostalgia o un tema del tamaño de una carcajada, para eso es preciso controlar la pincelada. Como requiere ese mismo control cuando se trata de pintar una escena familiar, para que se exprese un cariño interior, pero que en lo exterior puede parecer una burla. Nada de eso: la distorsión hace que veamos otra cosa de lo que realmente se ha pretendido. Cometerá un gran error quien vea burla y menosprecio donde los dedos habían puesto simpatía caliente y/o el pasado en clave de cariñoso humor. A todas horas tenemos que andar apagando incendios que los demás imaginan de uno. El itinerario expositivo se compone de los siguientes pasos. En 1980, en la Fundación Joan Miró (Barcelona), Museo de San Telmo (Donostia) y "La Ciudadela" (Pamplona). En 1981, en el Museo de Bellas Artes (Bilbao) y participa en "ARTEDER-81". En 1982, exporte en "Alga" (Donostia), en "ARTEDER-82", en el "Centro de Arte Ossuna" (La Laguna-Tenerife), en Stuttgart (Alemania), en la galeria "Inter-Art", en "Union Freischaffender Künstler und Kunstfreunde". Expone en Madrid, en la colectiva "Artistas Vascos: entre el realismo y la figuración, 1970-1982". En el año 83 expone en la "Volksbank Galerie", en Biberank (Alemania) y en las Salas de Exposiciones de la Caja de Ahorros Provincial (Donostia). En 1984 vuelve a exponer en Pamplona, en "La Ciudadela", y asimismo en Valencia, Galeria del Palau, como también en Baiona, en la Galeria "Perspectives 56".

Aplicado al mundo de la figuración, el artista da giros y revueltas en torno a ese mundo. Retuerce las figuras como si se tratara de arcilla maleable. Se ha formado una masa de ideas y expresiones a la que hay que domeñar. Siempre con el deseo supremo de alcanzar un grado de libertad total. El hombre solo es la mitad de sí mismo; la otra mitad es su expresión. Estas palabras tiraban de sí hacia los lienzos. En su permanente buscar, varios espacios de diferentes tiempos se daban cita en algunos de los cuadros. Las figuras flotaban en un mapa variopinto. Todo aglutinado: hombres, animales, casas, flores, montes, nubes, mañanas de bronce, tardes de cobre, ojos que son a la vez rostros de otros personajes, una vasta concatenación de historias en cada obra, en suma... más caballos pensantes y desnudos en levitación, sexos arpados, brazos-piernas andantes y no se sabe si algún volcán en busca de su flor (madre de la sonrisa).

Historias trazadas con óleo todas ellas. Perpetuándose en cada acción o, lo que es parecido, dejándose media vida en cada cuadro. Búsqueda continua de lo Absoluto, más tomando consciencia que la belleza y la libertad pertenecen al mundo inteligible y no al de los fenómenos. Sobre esas especulaciones interiores cabe agitarse quien vive intensamente el arte de pintar. No puede parecernos raro que llame a su puerta aquella advertencia osadísima de Novalis al aventurar que la poesia es lo real absoluto, dando un portazo con ello al vacío.

Y en el cotidiano fatigar de la pintura y sus dificiles logros, toma la opción de probar sobre un material pobre. Toma unos cartones de los que se utilizan para embalar y pintura al temple. Empieza a darle duro. Casi de entrada ve que aquello funciona. Es como si el cartón y el temple le hubieran estado esperando durante años. Son un guante a su medida…

Pinta esos cartones en una habitación exigua (dos metros por dos y medio). Como es tan reducido el espacio, nada más acabar de pintar un cuadro lo tenía que enrollar, para poder seguir pintando. Pero eso le viene bien puesto que no hay ninguna referencia del cuadro anterior cuando se pone a pintar el siguiente.

Comienza así lo que sería un año de inconmensurable gozo creativo. Pintaba a todas las horas del día. Lo mismo a la mañana, como a la tarde o a la noche. Siempre que le venían las ganas de vivir los colores y las historias que habitaban en esos colores, todo su ser se ponía en acción. Los resultados ahí están. Cincuenta cartones enfelizados. Los temas surgían directamente de la acción misma de pintar. Las historias se amalgamaban con toda naturalidad. El artista viajaba por territorios nunca explorados. En ocasiones llegaba un retazo de infancia, y la imaginación lo agrandaba o lo transformaba en una nueva aventura. Por sus manos subía en algûn momento la ilimitada imaginación de lo irracional, ya que se apercibian retazos de un figurativismo antilógico. De cualquier modo, eso podia parecer a otras personas que no fueran el propio autor. Para él todo lo que pintaba poseía el valor de las cosas verdaderas. Aquellos cartones eran su vida misma, sus recuerdos, sus sensaciones y sus deseos de pintar...

...se daba cuenta que el arte no vale tanto por lo que define como por lo que estimula.

Poco había de valer este libro que estoy escribiendo sobre Zumeta, si no siento ese año de los cincuenta cartones como algo capital en la historia plástica del pintor guipuzcoano. En esas obras se vive todo un compendio del arte de Zumeta. Y es razonable que el propio artista añore aquel año que va de 1984 a 1985 como algo inolvidable. Estoy por decir que aquel tiempo fue un tiempo soñado. Cada carton contenía un racimo de pensamientos puros extasiados. Fantasía e imaginación supremas. Realizado todo ello con alacridad. Nada más ver acabada cada obra, uno se da cuenta que no podía haberse realizado de otro modo. Es como si cada historia allí plasmada estuviera esperando a que viniera Zumeta a pintarlas. El pintor y las historias eran la misma cosa. Todo un producto del sueño. Una anticipación del gran bardo, Shakespeare, sugiere que somos de la misma materia con que se hacen nuestros sueños.

Por las obras correteaban animales mayores y menores en deambule libérrimo, junto a pasajes de vida y personajes con sus relaciones multiples, y las pinceladas mismas convertidas en personajes de cada historia. Todo lo que por esos cartones discurre procede de algo que una vez estuvo en la realidad. Pero también descubrimos que ha existido una posición que podíamos calibrarla como exatadora de la realidad.

Entrando muy adento de estas obras, llegamos a la conclusión que el arte alcanzado en estos cartones induce a pensar que la pintura de Zumeta no tiene que expresar una realidad. Ella es en sí una realidad.

La mera enunciación de los modos de pintar de aquellos cartones puede parecernos poco relevante. Cada cuadro se inicia con una mezcla de colores, bastante a ciegas, hasta que una zona empieza a tener vida. Así queda momentáneamente. Luego, se arranca por otra zona. De pronto, esa nueva zona aparece con un significado atrayente. Una operación posterior hace que se enlacen las dos zonas, y poco a poco la obra se va realizando. La forma, el color, la historia y la manera de trazar todo ello han entrado en armonía. Y hasta puede ocurrir que antes de acabar la obra algo determinado sugiera dar un título al trabajo definitivo. La parte literaria supone un peligro seguirla a pies juntillas; pero en otros momentos sirve como punto de ayuda. Esa parte literaria mejor le va como complemento que como fundamento...

A veces el artista terne tocar las lindes de lo literario. Sin embargo, yo creo que en estos cartones aquello que puede parecernos literario no es sino la sustancia de donde parten los sueños. Sonar es recordar. Y Zumeta lo que ha hecho es aproxirnar la realidad al sueño, al tiempo que acerca el sueño a la realidad. Muchas de sus historias entran de lleno en lo absurdo posible. Y así vemos como la línea de sutura se transforma en punto de unión entre lo real y lo fantástico; nimbado todo ello por la encantación del sueño poético...

Cuando hablamos del sueño estamos hablando de aquello que nos pasa y nos ha pasado. Tanto los recuerdos de la infancia como lo que nos ha pasado dos días antes, valen a modo de ejemplo. Un ramo de olores, veinte piedras, un monte de helechos, dos rosas, un caballo pardo y viejo pueden ser una parte de la infancia, como esos detritus y muñecas sin brazos que han quedado abandonados a la hora de la bajamar sobre la arena húmeda nos puedan poblar el espíritu de ensoñaciones melancólicas. A la hora de pintar, apenas sin darse cuenta, el artista va depositando los fragmentos de unos y otros recuerdos. Infancia y casi presente salen afuera al mismo tiempo. Cantan los recuerdos: pulmones de las imágenes.

A los recuerdos se añade lo que el artista en ese momento rescate al azar mismo. No quiero ni debo olvidar que para Zumeta el azar es muy importante. Lo que vive dentro de esos cartones contiene una porción notable del factor azar. Mucho de lo que se ha nutrido el arte de Zumeta depende del azar. Estas palabras de Zumeta testimonian su posicion: "Yo creo que en el azar está todo. Lo que pasa es que no somos capaces de aceptarlo en su plenitud. Y no lo aceptamos porque nos falta la libertad necesaria para hacerlo. Entonces le das una forma para que te puedas familiarizar con lo conocido, porque no eres capaz de convivir con ese azar".

Estas consideraciones de Zumeta solo pueden estar hechas por un creador. En el plano psicoanalítico, Freud lo determinaba de modo mas lacónico: "El prejuicio del hombre normal a favor de la realidad externa". La aceptación de la que habla Zumeta está formulada desde un punto de vista de artista. Esa aceptación es lo que el trata de conseguir.

Al decir azar no vamos a entenderlo como un vale todo, porque todo es azar. Se ha dicho que en el azar está todo. Lo que no es igual. Y está todo como cúmulo de posibilidades, que, en el caso del pintor, va a impostarse en un espacio ilusorio. Como quiera que todo espacio ilusorio es de índole tridimensional, y la realización del cuadro se ciñe a la estricta bidimensionalidad, se suscita la primera  dificultad; con el añadido de llevar a la obra la idealidad traducida hecho acción real. En la medida que el artista se aproxime a la idealidad que "habla" en aquel espacio ilusorio, vera cumplida en mayor o menor grado su apetencia creadora.

Sobre estas formulaciones, más lo antes mencionado, trabajó Zumeta su año de los cartones. Quizá sería la época de su vida que trabajó con menos condicionamientos. Buscó la libertad necesaria que le llevara a aceptar la plenitud del azar. En algunos momentos lo conseguía y en otros no tanto. Pero nadie va a reprocharle que no lo intentara. No sabemos si alguna vez escuchó las palabras de un visionario, tal William Blake, aunque todo indica que las siguió de punto a cabo. Dice Blake: "El que no imagina con trazos más fuertes y mejores, y una claridad mas grande y mejor que sus ojos mortales, no puede ver, no imagina nada". Zumeta dejó los ojos mortales para la vida de todos los días de aquel año de los cartones, en tanto los otros ojos los guardaba para los momentos en los que se ponía a pintar.

Uno vuelve una y otra vez a analizar los cartones y se queda con una gran multiplicidad de sugerencias. Ve que algunos objetos pierden por momentos sus detalles individuales y su aspecto sólido para transformarse en vagos y luminosos espectros. Hay obras en las que se perciben estilos diferentes para distintas clases de temas. Trabaja lo mismo por analogías que por contrastes. Y en todo momento con alacridad. Esto es, alegría inmensa, porque es una clase de artista que solo conoce la felicidad mientras pinta. Al tratar de alcanzar lo inalcanzable, ahí es donde él cree verse en plenitud. En ese decurso de estado exultante puede verse rozado por lo que conocemos como irrealidad. Pero lo hemos dicho, la irrealidad es también el sueño y su fabricación. Lo que cabe es crear una suerte de frase acuñada que diga que la irrealidad es aquella parte de la realidad que mejor y mas ampliamente explica el resto de la realidad. Con todo, no parece demasiado necesario encontrar explicaciones a la realidad de las obras de ese año enfelizado. Sobre todo, porque lo que en esos cuadros hoy es imaginario, una vez fue evidente. Quiere decirse que la realidad es, en este caso, lo lejano, y la irrealidad aquello que esta en las obras. Un cambio de órdenes se opera con la creación de esas obras. Repetimos aquello que se anotó hace tres o cuatro páginas antes. La pintura de Zumeta no tiene que expresar una realidad. Ella es en sí una realidad.

Los resultados artísticos conseguidos en esos cartones se mostraron en el Museo Municipal de San Telmo (Donostia), del 10 al 31 de julio de 1985. Recordamos que ese mismo año expuso en el Palacio de Sástago (Zaragoza), en el Museo de Bellas Artes de Asturias (Oviedo) y en el Museo Bonnat (Baiona) dentro de la exposición titulada "Ils collectionnent l'art contemporain".

En la exposición de los cartones fueron muchos los que entendieron aquello que el artista había querido expresar. No sabemos si alguno se inscribiría dentro del tipo de espectadores que el pintor Karel Appel encontró en ciertos momentos de su vida. Dejemos que sea el propio Karel Appel quien lo cuente: "Cuando ven por primera vez mi obra, la gente dice: 'Caramba, mira esto, mi hija de tres años lo podría hacer igual'. Yo les digo, claro, de acuerdo, podría hacerbo, la diferencia es que yo lo hago y ella no".

Recordamos aquí que Picasso necesito toda la vida para aprender a pintar como un niño. Dice aprender a pintar como un niño. Los niños pintan como son ellos. No tratan de pintar como los niños. Pintan de niños. Por eso no hay ningun niño que sea un gran artista. Sin embargo, puede ser un gran artista, quien mejor pinte como un niño.

Lo que había conseguido Zumeta con esos cartones aún sigue percutiendo en sus adentros. Ahora mismo, después de cuatro años transcurridos, posee una creencia absoluta en aquellos días. En ese tiempo se juntaron muchas cosas. Tocó una porción de cielo (no es la palabra). En algunos instantes de sus trabajos surgió la infancia (o el arte que necesita un adulto para pintar como un niño) como arquetipo de la felicidad simple. La infancia como un principio de vida profunda, de vida que nos pone en situación de recomenzar. Pero no solo para tomar las imágenes que nos depararon felicidad. También existe la posibilidad de modificar aquellos momentos que no fueron gratos. Unos y otros estados entrevistos de forma difusa y no pocas veces vaga y delusoria. Ya sólo con la idea de recomenzar, eso insufla a la psique una energía insospechada. Lograr entrar en ese estado de recomienzo continuo es lo que Zumeta probó una y otra vez en sus cartones. Energía y entusiasmo le envolvían.

Después de estas consideraciones parece que van a salir por las esquinas gentes felicitándole a Zumeta por haber encontrado la formula para su arte. No se sabe si por desgracia o por suerte, en arte no hay formulas. A Zumeta le pasó con los cartones lo que le había pasado en otros momentos de su vida. Se le apagó la llama que le conducía a impulsos precisos hasta el corazón de cada obra. Hizo esos cincuenta, y no pudo hacer ni uno más. Insistió voluntariamente hasta ver si conseguía retomar el impulso estimulativo. Nada. Es tremendo saber que no hay regreso al sitio de donde se viene. Una sentencia milenaria quiere estimular a los hombres y mujeres, señalando que el ser valioso es aquel que sigue insistiendo, aunque sabe que es imposible. A esa sentencia tal vez le sobren unos cuantos miles de años.

Pero no todo ha sido desconsuelo y frustración. A partir de los cartones, y merced a la insistencia en alcanzar aquellas cotas de acierto, se encontró como si no tuviera necesidad de hacer experiencias nuevas. Es posible que hava tocado los puntos esenciales, y con ello se encuentre en posesión de las referencias necesarias para poder pintar sin cambios. El campo de acción es amplio. Ahora se trata de hacer recorridos, aunque dentro de unos márgenes que va tiene marcados.

Respecto a los materiales, se debe tener en cuenta que con los cartones pintaba con temple, y ese material seca en seguida. Por tanto, esa rapidez en el secado le había acostumbrado a trabajar con una gran dosis de ansiedad, que él sentía de modo muy gratificante. Al pintar al oleo, tiene que parar continuamente. En muchos momentos, por ansiedad se estropea todo. Sabe que con los óleos las obras adquieren más densidad, además de resultar más complejas e intensas. Pero la dichosa ansiedad, la falta de paciencia...

En 1985 le otorgaron el Primer Premio en el concurso "Pintura Vasca" (Donostia). Curiosamente, en ese cambio de números, 85 por 58, es decir, en 1958, ganó la Medalla de Oro Nacional en el concurso "Pintura Joven" (Madrid).

En tanto Zumeta persigue la búsqueda permanente de lo Absoluto del Arte, las vanguardias se mueven en muchas direcciones (como lo han hecho siempre). Por un lado dicen no a la estética reduccionista. Les interesa el eclecticismo. Quieren que los artistas sean nómadas, y que pasen de un estilo a otro sin trabas ni sujeciones, animándoles a tomar una actitud nómada de reversibilidad de todos los lenguajes del pasado. El sentido mismo de las vanguardias está caduco...

Puntos suspensivos aparte para que nos roa la más bochornosa de las perplejidades al constatar que ahora el arte no se ha convertido tanto en una propuesta, como en la formalización de una dictadurizante imposición. Cada día se vive la aceleración de una tiranía en el arte. Es la tiranía de la novedad. Se buscan novedades como se buscan los tipos mas raros y las acciones mas insospechadas para poder adscribirlos a la nómina de los récords Guinness.

Vuelvo a Zumeta con algunos datos sobre su arte y algunas palabras suyas que nos introducen en las obras del ahora mismo. "Cuando en un cuadro quitas, pones, rascas, vuelves a poner, y cuando el cuadro está acabado te das cuenta que hay algo detrás, aunque no lo veas. Es que has quitado errores". Pinta como ha pintado desde casi siempre. No cree en la idea a priori. Se trata de ir pintando, y de pronto algo queda que le gusta. Es un fragmento. Sigue trabajando alrededor, e incluso cambia alguna parte de aquello que le había gustado. Vuelta a seguir poniendo pintura (trazos, materia, gestos, pinceladas, pedazos de historias, restregones...), y poco a poco aquello ha conformado el cuadro. El cuadro aparece acabado, porque se ha verificado una insistencia en la impotencia. Y afirma concluyente: "Pintar es una pura impotencia. Afloran los mínimos, y todo lo que hay debajo es pura impotencia, impotencia, impotencia...".

Estas palabras resultarían de una escalofriante rotundidad si se hubieran agotado todas las veces que uno puede decirlas. Y no es así. Todavía existe tiempo para poder pronunciarlas más veces. Es el tiempo de la insistencia en el acto creador. El mismo Zumeta me confidencio unas palabras que contrapuntean las de la impotencia: "Si te paras, tu vida deja de existir".

Ese viaje hacia adelante prefigura la venturosa plenitud de encontrar en algún momento incierto un ansiado claro del bosque. Quizá el mismo bosque del cual Zumeta tomó cuando niño uno de sus árboles y lo pintó de azul. Ya casi no recordamos que le reprendieron por ello, diciéndole que los árboles eran verdes, y no azules. Aquella persona no sabía, y probablemente no lo sabrá nunca, que los árboles de Zumeta son azules, unánime y conmovedoramente azules. Eternamente azules. Espacio y tiempo van de testigos.

 

José Luis Merino

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José Luis Zumeta
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